Tengo siempre la razón

Dos ciclistas andaban por la carretera pedaleando tranquilamente cuando un coche se pone a su altura y les increpa airadamente: ¡Podrían ir en fila!, ¡mira la cola que llevan! Seguido de un montón de insultos que no voy a reproducir. Uno de los ciclistas levanta la mano del manillar y hace una peineta, el vehículo acelera, se para más adelante y se arma una trifulca importante en la que casi llegan a las manos. Lo curioso es que, probablemente, los dos tenían razón: Los ciclistas pueden rodar de esa manera, pero si lo hicieran en determinados tramos lentos en fila, la circulación sería más fluida, facilitando el adelantamiento de vehículos rápidos.

¿Quién tiene la razón?

¿Qué nos pasa para que nos empeñemos en una única postura y no ser capaces de ver otras opciones? ¿Por qué siempre nos empeñamos en que nuestra postura es la única posible?

Normalmente nos formamos con una serie de criterios y valores que nos configuran: la carretera es para los coches, los ciclistas son unos…, este equipo es el mejor del mundo, mi opción política es la mejor, mis gustos son intocables y cualquiera que opine lo contrario están equivocados. Tenemos una serie de creencias que parece tatuadas en nuestro interior y que son imposibles de eliminar. Sin embargo una buena forma de positividad y felicidad es ser capaces de valorar otras opciones y no aferrarse al “tener siempre la razón”

Mi propuesta personal es tratar de dialogar con opciones contrarias, siempre, desde la empatía, desde exponer mis creencias, abierto a cualquier otra opción que me planteen, con una escucha atenta y sin interrupciones. También es cierto que, cuando detecto que, por la otra parte, no hay escucha ni intento de diálogo, guardo silencio, prosigo con la conversación amable, pero sin ninguna pretensión. Cuando detecto un “tengo siempre la razón”, simplemente mantengo el diálogo pero poco más.

Muchos de los conflictos que se generan hoy en día tienen su raíz en la poca capacidad de escucha atenta a lo que la otra persona me está diciendo. Es bastante frecuente que, cuando alguien nos habla, estemos pensando en lo que vamos a responder, sin escuchar realmente lo que me dice.

No soy capaz de cambiar de razones o argumentos porque es más fácil mantener los míos propios, mis convicciones y pensamientos. Es más fácil seguir con mi perspectiva, antes de escuchar lo que la otra persona me tiene que decir. Nos quedamos, casi siempre sin crecer, sin progresar, por cerrarnos en nuestro mundos sin escuchar a los demás.

Por lo tanto, apuesto por no tener siempre la razón, por la escucha activa, por por la empatía y el diálogo como forma de entendimiento entre todos/as. Atrévete a no tener la razón…

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