Dicen que «los niños lloran y los adultos mueren por ello». De modo que muchos buscan la aprobación, cosa que nos debería importar bastante poco, pero como somos un poco «raritos», de manera que algunos andan todo el día esperando que alguien diga: «te queda bien ese outfit», «eres una persona estupenda», «me encantas», «lo haces muy bien» y cosas así. Y cuando nos dicen cosas bonitas, es fantástico y maravilloso, pero cuando alguien nos dice algo medio regular, se nos viene el mundo encima ¿Por qué?
Buscamos el bienestar, no cabe duda. Pero seguramente buscamos en el lugar equivocado. Se habla mucho de la felicidad, de ser felices, de llevar una vida apacible y placentera. Durante esta semana hay dos titulares que han llamado mi atención. Uno de ellos propone que es imposible ser feliz todo el tiempo. En principio me parece acertado aunque, como siempre hay que definir primero que entendemos por felicidad para ver si podemos o no ser felices todo el tiempo. La segunda idea que me ha llamado la atención y, me gusta, es la propuesta sobre el bienestar o vivir feliz, que consiste en aligerar nuestra vida, nuestra mochila, nuestras pertenencias, como forma de ser más felices.
Es el final de una conversación normal. Dos personas hablan en mi presencia —no sé de qué, no soy cotilla para interesarme— pero sí escucho claramente el final. Gracias y no hay de qué. Todo bien hasta ese instante. Seguramente es lo normal en casi cualquier conversación entre personas que se han pedido algo o que tenían alguna duda y que fue resuelta, de modo que la persona solicitante agradece su atención y todo bien si no fuera porque la persona que responde —no hay de qué, miraba ya el móvil al final de la conversación. Respondió en modo automático, porque es lo conveniente, lo que hay que decir en esos casos, sin ningún tipo de interés, sin mirar a quien de verdad agradecía su colaboración.
Las cosas son del color que las pintamos. Cada cual le da color a su comida, a su vida, a su dieta, a todo lo que hace. Por eso aquellas cosas que hacemos de mal humor, al trancazo, a lo rápido, para terminar, no pueden salir bien. Y es una ley que sirve para todo. Para todo. Hoy la comida no me quedó rica, pero es que la hice deprisa y corriendo y con un poco de mal humor porque… Ahí está la respuesta de que la comida no quede tan buena.
¿Cómo ves el vaso medio lleno o medio vacío? Es una pregunta que pulula para plantearnos si somos optimistas o pesimistas. Trata de analizar en que nos fijamos más si en lo que nos falta o en lo que tenemos. Seguro que has escuchado la frase… así que ¿qué eliges el vaso medio lleno o medio vacío? ¿En qué te fijas en lo que tienes o en lo que te falta? ¿Valoras más lo bueno o lo malo? ¿Cómo es tu mirada y tu pensamiento? Pues lo ideal es tirar el vaso a la basura. Lo mejor es romper el vaso.
Es una buena pregunta. En ocasiones tenemos la sensación de haber perdido el tiempo. En una reunión inútil, viendo series o películas que no nos decían nada, aburriéndonos, jugando con las pantallas… es terrible esa sensación de habernos perdido algo, que se nos fue un día, un fin de semana o cualquier otro instante en el que aparentemente no pasó nada. Sólo el tiempo poco aprovechado.
Dos claves más para la felicidad, la sencillez —algo de lo que cada vez estoy más convencido— y una mente curiosa, ocupada, despierta y crítica, son otras claves que me parecen interesantes para lograr un poco más de bienestar. No cabe ninguna duda de que recibimos muchísimas influencias y, aunque no queramos reconocerlo, hay muchas personas interesadas en manipularnos para conseguir beneficios. Desde crear productos que no nos hacen falta para nada, pero que nos venden como híper necesarios para beneficios de algunos pocos. Por eso es que una combinación de sencillez y darle una vueltita a las cosas nos va a aportar muchísimos beneficios.
No es una frase mía, es de Schopenhauer. Pero son de esas que te encuentras por ahí, no sé muy bien dónde fue, si fue un grafiti, en algún titular, en algún sobre de azúcar. Lo que está claro es que no me dejó indiferente. Son de esas frases que te impactan y que te apuntas, porque sabes que tienen mucha miga. En principio viene a recordarnos aquello que algunos —no todos— tienen claro: la felicidad no está en el dinero sino en otras cosas. Algo con lo que estoy de acuerdo, la felicidad está en nuestra forma de pensar, de ser y existir, no por lo que tengamos ¿y eso qué supone?
Nacimos solos y morimos solos. Vivimos solos . Bueno, me dirás que no, que no vivimos solos, sino que casi siempre estamos acompañados. Vivimos solos porque nadie puede vivir nuestra vida por nosotros/as. Somos los que tenemos que tener la conciencia de nuestra propia vida, algo que no pueden hacer otros/as. Es por eso que contradecimos el refrán para decir que la soledad es buena consejera. Tenemos el deber y la obligación de desarrollar una buena vida en soledad. Si no estás bien contigo mismo/a, ¿entonces con quién?
¿Para qué haces deporte? Para bajar de peso y estar más “fit”… ¿Por qué llevaste al compañero a casa? Porque estoy seguro de que otro día, si yo lo necesito, él me llevará. ¿Por qué invitaste al cortado ayer? Porque así otro día me invitan ustedes… Así podríamos hacer una retahíla de preguntas y respuestas que no terminan y que tendrían respuestas parecidas. Casi siempre hacemos cosas porque esperamos tener un beneficio a cambio. Es probable que algunos piensen que el mercantilismo es la mejor forma de relación. Siempre hay que esperar algo a cambio. Por desgracia, nuestra sociedad casi está pensada así: trabajo por dinero, compro porque quiero darme un capricho, yo no voy a ese sitio a perder el tiempo. El fenómeno de la productividad, aunque tiene cierto envoltorio de algo nuevo, es tan antiguo como la persona. Queremos que todo lo que hacemos produzca algo. Si planto alguna semilla, espero que produzca mucho fruto. Obviamente, todo esto es bastante normal. No quiero plantar para que simplemente sea bonito, si construyo algún producto o limpio o pinto mi casa, es porque quiero que quede bien… espero algo a cambio. Por eso esa idea de productividad o mercantilismo está en la base de casi todo.