No son pocos los que proponen cosas para ser felices. Está claro que cada persona es un universo y, por tanto, le funcionan cosas distintas. También es cierto que, cuando leemos alguna de esas listas, estamos más o menos de acuerdo con ellas. Por eso, cuando leo algunas de las tantas que se publican, me apunto algunas con las que estoy más o menos de acuerdo. Esta nos plantea cuatro cosas, a modo de cuatro patas de una mesa, que nos ayudan a tener mayor bienestar. Seguramente el titular: “famoso psicólogo de la universidad de no sé dónde dice que los cuatro ingredientes de la felicidad son”…

No guardar rencor, entregar, pasar de las opiniones de otros y dejar el drama para las series y películas. Me parece una buena lista a la que, a lo mejor, habría que añadirle algún que otro ingrediente, pero básicamente me parece súper interesante. Vamos a ver cada uno de los ingredientes, de los que se podría hacer un artículo completo.
— No guardar rencor ni resentimiento. ¡Empezamos bien! Cuando por todos lados nos dicen que “el que la hace la paga”, “yo no olvido ni perdono”, “la venganza es un plato que se sirve frío”, y tantas otras lindezas, tenemos la propuesta de olvidarnos de todo y no guardar rencor ni resentimiento. ¡Pues lleva mucha razón! ¿Por qué? Pues porque el resentimiento, el rencor a quien único daña es a nosotros mismos. Imagínate que me he enfadado con alguien y cada vez que lo veo, se me suben las pulsaciones, entro en cólera, me voy de allí o lo que sea. Pregunta del millón: ¿Quién está sufriendo? ¿Fácil, no? Uno/a mismo. Por tanto, lo mejor es no tener ese resentimiento. ¡Qué fácil! No, fácil no es. Pero hay dos opciones: a) Hablas con esa persona y aclaras todo y el rencor, problema, situación se va la papelera o b) Buscas la manera de olvidarte de ese rencor. Ninguna de las dos es fácil. Pero si eliges olvidarte de ese rencor, hay una pequeña herramienta. Cada vez que ese pensamiento venga a la cabeza, en lugar de alimentarlo, hazle frente y dile claramente a tu cocorota: “no me haces falta ahora” o “este pensamiento no me ayuda a ser feliz así, que no lo quiero”. A la primera no se irá, pero con el tiempo va desapareciendo: nuestra mente es como un campo: crece aquello que abonamos. ¿Qué pensamientos abonas la amabilidad y el amor o el resentimiento y el rencor?
La segunda pata: dar más de lo que recibimos. Esta idea va en contra de la generalidad social. Lo que la sociedad afirma es que: tenemos que tener más, me lo merezco, yo, mí, me, conmigo. Sin embargo, estoy convencido de que la entrega nos da mucho más bienestar que el acumular. Si no has participado en alguna actividad de voluntariado, te lo recomiendo y lo experimentarás. Pero vamos a lo sencillo y práctico: imagina que hoy vas caminando y por la calle alguien te pide un favor: cruzar la calle, que recojas algo que se le ha caído, que le acerques algo a lo que no llega… no sé, cualquier cosa. Después de hacer ese favor sencillo, práctico, útil ¿Cómo te sientes? El corazón no te cabe en el pecho. Pues ese es el claro ejemplo para entender que la vida transcurre en cooperación: que estamos programados para ayudar y servir a los demás. La otra opción, quiero, quiero y quiero todo para mí, va en contra de la naturaleza humana.
Vamos con la otra pata: No estar pendientes de las opiniones de los demás. ¡Tampoco es fácil! Vivimos en sociedad y lo que digan de nosotros/as nos importa. Especialmente cuando la opinión la da alguien cercano y que queremos o valoramos. No es lo mismo que alguien, cuando estamos en el supermercado, nos haga un comentario que ni lo valoramos ni nos interesa, que cuando lo hace alguna persona querida y de nuestro entorno. Con todo, deberíamos tener algún escudo contra esos comentarios y críticas. Pero sé que no es fácil. La única herramienta que se me ocurre para esta situación es el triple filtro socrático que, aunque este artículo se me agrande un poco, se lo cuento:
Un día, un discípulo se acercó al gran filósofo Sócrates con aire de misterio y agitación.
—¡Sócrates! ¿A que no sabes lo que acabo de oír sobre uno de tus amigos?
Sócrates, con su habitual calma, lo miró y le dijo:
—Espera un momento. Antes de que me lo cuentes, me gustaría hacerte una pequeña prueba. La llamo el examen del triple filtro.
—¿El triple filtro? —preguntó el hombre, intrigado.
—Así es —continuó Sócrates—. Antes de hablar sobre los demás, es bueno tomarse un momento para filtrar lo que vamos a decir. Veamos:
1. El filtro de la Verdad
—¿Estás absolutamente seguro de que lo que me vas a decir es completamente cierto?
—Bueno… no realmente —dijo el hombre—. Solo lo escuché por ahí, me lo acaba de contar un vecino.
—Vaya —dijo Sócrates—. O sea que no sabes si es verdad. Pasemos al segundo filtro.
2. El filtro de la Bondad
—Lo que me vas a decir sobre mi amigo, ¿es algo bueno?
—No, al contrario… es algo bastante desagradable.
—Entonces —interrumpió el filósofo—, ¿quieres decirme algo malo y ni siquiera estás seguro de que sea verdad? Aún queda una oportunidad, veamos el último filtro.
3. El filtro de la utilidad
—¿Lo que tienes que decirme me va a ser de alguna utilidad? ¿Me servirá para algo saberlo?
—Para ser sincero… no, realmente no.
Por tanto, si no pasa ninguno de los tres filtros e, incluso yo diría que cualquiera de ellos, mejor no saberlo. Seguramente no tendremos la capacidad de parar a alguien en seco y hacerle pasar el triple filtro antes de que abra la boca, pero lo que sí podemos es pasarles nosotros el filtro cuando nos cuenten algo para olvidarlo rápidamente y no guardar rencor de nada ni de nadie. Si lo que te dijeron, no es útil, ni bueno, ni sabes si es verdad: al cubo de la basura con ello.
La última pata: dejar los dramas para las pelis y series. Hay muchas personas a las que les gusta un drama. Esto se debe a que entendieron o aprendieron que, por desgracia, el drama llama más la atención que lo positivo y lo bueno. Un ejemplo: vete a tu plataforma de televisión preferida, cualquiera, y mira lo que te ofrecen. Siendo muy generoso, el 70% de lo más visto, que casi todas las plataformas tienen en un ranking, son dramas. Muchas veces me pongo a buscar alguna comedia, aventuras o cosas más divertidas y me cuesta muchísimo. La mayoría DRAMAS, sí, d-r-a-m-a-s. Con todas sus letras ¿por qué? Porque es lo que nos gusta, lo que vemos y viendo dramas, siendo dramáticos, aprendemos lo que no tememos que aprender. Así que la propuesta es olvidarte de los dramas, de las venganzas y todo lo que nos ponen “para que veamos en la tele” y dedicarnos a otra cosa. Otra opción: los noticiarios (yo no los veo. Nunca, cero, me voy cuando a mi alrededor hay alguien viendo informativos). Si quieres haz la prueba: Haz una lista de noticias en dos columnas: dramas, corrupción, violencia… y en otra lista noticias neutras y positivas. Neutras como aquellas que informan de algo ocurrido: la fiesta de no sé qué o el acontecimiento de… y te quedarás sin palabras. La inmensa mayoría, problemas, dramas, sucesos negativos, muertes. En medio de ese ambiente ¿qué aprendemos? ¿Qué valoramos? El drama. Y así nos va.
Por tanto, aunque me haya extendido más de lo habitual: los cuatro pilares para el bienestar: nada de dramas, pasar un kilo y medio de lo que opinen los demás de nosotros: aplica el triple filtro socrático si es necesario, entrega, da, haz un voluntariado y no guardes rencor, porque cuando lo haces, la única persona perjudicada eres tú.
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