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  • Pensar, decir y hacer en línea 

    Es un tres en raya. ¡Es fantástico cuando conseguimos poner en línea las tres piezas y ganamos la partida! Pues más o menos eso ocurre con nuestro bienestar. Si somos capaces de alinear lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos, nuestra felicidad y bienestar estarán en línea. Así de fácil y así de sencillo. No hay cosa peor para estar bien que desalinear esas opciones vitales.  

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    Aunque parece algo sencillo, no lo es tanto. Generalmente no decimos lo que pensamos de verdad. Bueno, los niños sí. Son maravillosos, ellos no se cortan, si quieren patalear patalean, si tienen que decir que no les gusta lo dicen y si hay algo que les atrae, van a por ello sin más.  Pero según vamos creciendo, vamos poniendo filtros. Hay muchos: el filtro del quedar bien, el filtro de mostrarme de una manera determinada para que me acepten. El filtro de hacerme unos buenos selfies para que vean mi lado bueno en las redes sociales. Total que, cuando llega un momento de interioridad, de pensar en nuestra vida, vemos que a lo mejor no estamos actuando bien, que lo que sentimos y pensamos, no es lo que decimos y luego hacemos cosas diferentes y así no nos sentimos bien. 

    Lo primero que hemos de buscar siempre es nuestro bienestar. Podemos ver de manera concreta los problemas que nos acarrea el no tener el tres en raya. Si no está en línea pensar y decir —Pero cuidado, aquí no se trata de ir poniendo a caldo a todo el mundo, porque yo siempre digo lo que pienso— se trata de la tan hablada y manida coherencia. No puedo pensar o sentir que mi equipo preferido es el Barcelona, pero luego ante seguidores del Madrid, cambio de opinión. No debería decir que me encanta la playa e ir a nadar en verano, cuando no soy capaz de dar una brazada, porque no sé mantenerme en el agua. Puede que quedemos bien, puede que socialmente seamos aceptados diciendo aquellas cosas que no pensamos. Sin embargo, con el tiempo se darán cuenta de que estamos engañando y, como dice el refranero: «Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo». 

    Si decir y hacer no están alineados, se nota mucho más rápido. Por ejemplo, digo que soy ecologista y que cuido el planeta, pero luego tiro basura en la calle o no reciclo en casa. Cualquiera que nos vea se reirá de nosotros y no tomará nada en serio porque no estamos haciendo lo que decimos. Es más, si esa actitud se mantiene en el tiempo, habrá quien nos rechace porque estamos engañando.

    Si pensar y hacer van a su aire, quizá no será tan notable como en los casos anteriores, pero sí que seremos nosotros/as quienes suframos las consecuencias.  Porque veremos que estamos actuando mal. Nuestra vocecita interior nos dirá: dijiste aquello e hiciste lo otro. Dices que te gusta tal estilo de música, pero la detestas. 

    Con todo, el gran problema es que nuestro cuerpo nos delata. Y cuando se producen ese tipo de disonancias entre lo que pensamos o sentimos y lo que hacemos y hablamos, se nota. Precisamente los grandes interrogadores de la policía o investigadores se especializan en buscar esas señales de nuestro cuerpo que delatan que no decimos la verdad.  No todos estamos entrenados para ver esos detalles, pero sí que somos capaces de notarlo con un poco de entrenamiento o sentido común, como cuando la mirada es evasiva ante una situación importante, cuando las manos hacen determinados gestos… 

    En fin. El trabajo en nuestro, de cada cual, para tratar de colocar las fichas en raya: pensar, decir y hacer. No sólo nos sentiremos bien, no sólo seremos más felices, sino que nuestra vida mejorará sensiblemente al encontrar que estamos actuando de manera correcta. 

  • El destino guía a quien lo acepta y arrastra a quien se resiste

    Frase lapidaria. De las que escuchas y dices ¡guauuu, qué buena!  Es evidente que hay cosas que no podemos cambiar. Por tanto, oponernos, rechazarlo, luchar contra el destino es a veces una labor que únicamente nos genera sufrimiento y termina arrastrándonos, superándonos y generando más problemas.  Es verdad que, en no pocas ocasiones, no nos gusta lo que sucede y nos negamos con todas nuestras fuerzas, pero eso no nos lleva a ninguna parte. Bueno, sí nos lleva al mismo sitio pero superados, agotados, sin fuerzas y seguramente, con la sensación de haber perdido una batalla de manera inútil. 

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    ¿No te ha pasado alguna vez que te levantas temprano, te preparas para una cita importante con mucha ilusión y justo cuando vas a salir, para llegar híper puntual te llaman que se suspende? Pero además, luego surge otro plan que resulta ser inmensamente mejor que el primero. Más simple todavía, te quedas en tu cola del supermercado, mientras que alguien que está delante de ti se cambia porque ve otras cajas que avanzan más rápido. Terminas tu compra y sales antes que la persona que se cambió de cola.  Son detalles tontos, pero que el fondo nos señalan lo mismo.  A veces vamos como pollos sin cabeza queriendo hacer determinadas cosas que no están para nosotros y nos empeñamos y seguimos erre que erre, para que al final todo sea más simple.  

    En muchas ocasiones hay que dejarse llevar. No por buscar atajos se llega antes, no por evitar colas terminas más pronto. Fluir, disfrutar, estar presente en cada momento y en cada lugar, es una buena forma de vida. ¡Pero nos cuesta tanto aceptarlo! Es que lo quiero y lo quiero ya. Aunque el destino nos manda a veces miles de señales, nos obstinamos para al final terminar arrollados y agotados.  

    Hay otro dicho similar a la frase del título y que está en la sabiduría popular: “Lo que está para ti, te llega aunque te quites, y lo que no está para ti, ni aunque te pongas”. No obstante, y siendo crítico, podemos decir que afirmaciones como esta, dejarnos llevar por el destino, fluir, aceptar, puede confundirse con la resignación o no hacer nada, porque, total, el destino ya nos dirá lo que toca. ¿Para qué me voy a esforzar? ¿Para qué luchar? Si no está para mí… no tiene mucho sentido. 

    En ese caso, la clave no es hasta cuánto tengo que seguir insistiendo. ¿Cuánto tengo que entrenar para que un equipo importante me llame? ¿Cuánto tengo que escribir para que un editor se fije en mí? ¿Cuántos vídeos tengo que publicar para ser famoso?  Más bien, la idea es disfrutar del proceso y, si el destino o la buena suerte, o lo que sea, se cruza, pues bienvenido sea. Si no, pues sigamos celebrando y disfrutando de lo que hacemos. En la vida no hay atajos, las oportunidades crecen sobre un terreno abonado, la lotería toca a unas pocas personas que, probablemente, lleven mucho tiempo y dinero invertido en juegos de azar. 

    Por tanto, la propuesta es disfrutar de lo que hacemos, del trabajo de nuestro hobby, de nuestra pasión. Si a partir de ahí surge alguna propuesta, mejora, cambio, superación, perfecto. Pero el desaliento llega cuando hacemos cosas por un fin.  Por una meta, por lograr ser famosos, por ganar dinero o por cualquier otra situación.  

  • Haz algo

    ¡Es que no encuentro trabajo! ¡Es que no me sale nada! Es que… y así podemos hacer un millón de frases «casi negativas» sobre situaciones a las que nos enfrentamos.  Parece como si ocurriera al contrario de lo que dicen algunos «que el universo se confabula para que todo salga al revés», cosa totalmente disparatada, tanto en afirmativo como en negativo. Hay quien afirma que «la suerte se alía con quien la busca» yo prefiero decir «haz algo» por no decir algo más brusco como «mueve tu culo e inténtalo». 

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    Algunas veces esas situaciones que no nos gustan se generan porque nos quedamos en casa esperando que alguien nos llame para un trabajo mejor. Otras veces nos sentamos bien repantingados a tomarnos un refresco, mientras nos llega la súper oportunidad de nuestra vida. También hay quien ve muchos partidos de deporte, esperando ser como Messi. Pero las cosas no suceden así: Si quieres algo, haz algo. Es como la ley de causa y efecto. Si buscas un efecto, tendrá que haber una causa, un inicio o un comienzo. Sentado, quieto/a, no va a pasar nada. 

    Siempre me he considerado una persona de acción. Por eso actuar me cuesta poco. Pero reconozco que no siempre es así o que todo el mundo no tiene esa capacidad para moverse, para hacer algo.  Me frustra habitualmente la burocracia, perder tiempo en planes y proyectos que parece que nunca llegan a nada. Muchas cosas parecen en bucle, siempre así, siempre lo mismo, vaya usted y presente un documento, vaya a otro departamento… es aquí, pero tiene que presentarlo por escrito y ya le responderemos dentro de unos meses… y tantas otras frases por el estilo que me sacan de mis casillas. 

    Sin embargo, el «haz algo», para hacer algo, tiene que tener algunos ingredientes que no siempre tenemos al alcance o no están en su óptimo momento: 

    • Convencimiento: Tienes que tenerlo claro, si dudas, si no estás seguro/a de que funcionará, pues la cosa no saldrá, porque nosotros mismos no estamos poniendo palos en las ruedas con la poca claridad.  
    • Conocer el proceso: Estoy seguro de que este negocio funcionará en este espacio. Por ejemplo: quiero montar una heladería —porque es un lugar turístico, pasa mucha gente, el local es bueno— pero no tengo idea de hacer helados, pues no debería montarla, no conozco el proceso. 
    • Disciplina: Otro ingrediente fundamental. No siempre la tenemos. Es fácil saber nuestro grado de disciplina preguntándonos: ¿Cuándo empiezo a hacer deporte, cuánto tiempo mantengo esa rutina? ¿Si me ilusiona pintar, cuánto tiempo lo mantengo?  Si cada cosa que empieza lo dejas a los pocos días, primero deberías fortalecer la disciplina. 

    Por último, la claridad necesaria. Lo explico aparte porque si no tenemos claro que los grandes deportistas, actores o actrices, músicos, que nos muestran en la pantalla o en los medios de comunicación, un día empezaron desde abajo, con convencimiento, conociendo o aprendiendo el proceso y con disciplina, sino que pensamos que hoy empiezo a cantar y en septiembre ya tengo una gira millonaria por todo el mundo, pues nos estamos equivocando. Lo que está claro es que tenemos que hacer algo. Es, volviendo a la idea del principio: Hacer algo. Ley de causa y efecto.  

  • ¿Qué necesitas?

    En realidad poca cosa: atención, afecto y respeto.  Seguramente que, con estos tres ingredientes, nuestra vida será bastante plena. Sin embargo, no siempre encontramos esos tres productos en nuestro caldero. Hay quien busca experiencias exóticas, vivencias extraordinarias, pero, en general, no son necesarias. En general necesitamos poco, con esas tres pequeñas cosillas es suficiente.  Si las miramos en detalle, son significativamente importantes.

    ¿Qué cosas necesitas?
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    La atención dice el diccionario que es la acción de atender y seguidamente nos habla de cortesía, urbanidad, demostración de respeto u obsequio. Si nos fijamos demandamos atención desde que nacemos.  Pedimos comida a grito limpio, lloramos cuando no están satisfechas nuestras necesidades y así, nos acostumbramos a que es importante que nos atiendan. Cuando alguien nos presta atención nos manda una señal en la que va implícita el “tu me importas”, “eres valioso/a”, que influye directamente en nuestra autoestima. Además, yendo a otros aspectos, como las redes sociales, lo que buscan quienes publican con mucha frecuencia o quieren ser influyentes, es, precisamente, atención.  Evolutivamente y por supervivencia, la atención es clave, tenemos que llamar la atención de alguna otra persona, si queremos tener descendencia. Llamar la atención, ser el importante del grupo, da ciertos privilegios desde muy antiguo. 

    El Afecto: Volviendo al diccionario dice que es estar inclinado a alguien o algo.  En otra acepción, propone como cada una de las pasiones del ánimo, como la ira, el amor, el odio y especialmente el amor o el cariño.  Quedémonos con las palabras positivas: amor y cariño. Por tanto, quien nos muestra esos sentimientos de amor y de cariño, nos da afecto. Esas muestras, sin duda, son maravillosas para nuestro bienestar para estar felices, porque ¡Qué maravilloso es que alguien nos muestre afecto!  Es más, cuando nos dan una muestra de afecto sincera, tales como un abrazo, una palabra de ánimo, una caricia, nos sentimos enormemente bien, generando placer y felicidad.  

    El Respeto: Como no podía ser de otra manera, volvemos al diccionario. Con su definición da en el clavo: nos habla de veneración, miramiento, consideración. Es por eso que si tenemos en consideración a alguien, le damos valor, lo apreciamos, es por lo que es fantástico sentirnos considerados, mirados, valorados ¿A quién no le gusta sentirse respetado? Dándole una vuelta, pongámonos en la situación contraria: Si nadie nos hiciera caso —no nos miraran ni prestaran atención—, si nuestras opiniones e ideas no fuesen consideradas o no nos hacen caso cuando hablamos, es muy probable que nos sintiéramos mal.  No profundizamos en la idea más conocida del respeto, cuando nos insultan o agravian, que obviamente, nos mina nuestra moral y felicidad, por mucho que tratemos de ignorarlo. 

    La idea de hoy no es hacer una petición. No se trata de pedir que nos atiendan, que nos respeten o que nos muestren afecto.  Más bien la propuesta es mostrar esos ingredientes a las personas que están a tu alrededor para hacerlos sentir bien. En tu trabajo, en los estudios, con quien quiera que te encuentres, muestra siempre atención, afecto y respeto. No sólo harás sentir bien a los demás, sino que contribuyes a crear un mundo mejor. 

  • ¿Tenemos que aprobar?

    Dicen que «los niños lloran y los adultos mueren por ello». De modo que muchos buscan la aprobación, cosa que nos debería importar bastante poco, pero como somos un poco «raritos», de manera que algunos andan todo el día esperando que alguien  diga: «te queda bien ese outfit», «eres una persona estupenda», «me encantas», «lo haces muy bien» y cosas así. Y cuando nos dicen cosas bonitas, es fantástico y maravilloso, pero cuando alguien nos dice algo medio regular, se nos viene el mundo encima ¿Por qué?

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  • Aligerar para vivir mejor

    Buscamos el bienestar, no cabe duda.  Pero seguramente buscamos en el lugar equivocado.  Se habla mucho de la felicidad, de ser felices, de llevar una vida apacible y placentera.  Durante esta semana hay dos titulares que han llamado mi atención. Uno de ellos propone que es imposible ser feliz todo el tiempo. En principio me parece acertado aunque, como siempre hay que definir primero que entendemos por felicidad para ver si podemos o no ser felices todo el tiempo.  La segunda idea que me ha llamado la atención y, me gusta, es la propuesta sobre el bienestar o vivir feliz, que consiste en aligerar nuestra vida, nuestra mochila, nuestras pertenencias, como forma de ser más felices.  

    Más ligeros, se vive mejor
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  • Gracias… No hay de qué

    Es el final de una conversación normal. Dos personas hablan en mi presencia —no sé de qué, no soy cotilla para interesarme— pero sí escucho claramente el final. Gracias y no hay de qué. Todo bien hasta ese instante. Seguramente es lo normal en casi cualquier conversación entre personas que se han pedido algo o que tenían alguna duda y que fue resuelta, de modo que la persona solicitante agradece su atención y todo bien si no fuera porque la persona que responde —no hay de qué, miraba ya el móvil al final de la conversación. Respondió en modo automático, porque es lo conveniente, lo que hay que decir en esos casos, sin ningún tipo de interés, sin mirar a quien de verdad agradecía su colaboración.  

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  • Si cocinas de mal humor se te quema la comida 

    Las cosas son del color que las pintamos. Cada cual le da color a su comida, a su vida, a su dieta, a todo lo que hace.  Por eso aquellas cosas que hacemos de mal humor, al trancazo, a lo rápido, para terminar, no pueden salir bien. Y es una ley que sirve para todo. Para todo.  Hoy la comida no me quedó rica, pero es que la hice deprisa y corriendo y con un poco de mal humor porque… Ahí está la respuesta de que la comida no quede tan buena. 

    Hay que poner algo de buen rollo a todo
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  • Mejor romper el vaso 

    ¿Cómo ves el vaso medio lleno o medio vacío? Es una pregunta que pulula para plantearnos si somos optimistas o pesimistas. Trata de analizar en que nos fijamos más si en lo que nos falta o en lo que tenemos. Seguro que has escuchado la frase… así que ¿qué eliges el vaso medio lleno o medio vacío? ¿En qué te fijas en lo que tienes o en lo que te falta? ¿Valoras más lo bueno o lo malo? ¿Cómo es tu mirada y tu pensamiento? Pues lo ideal es tirar el vaso a la basura.  Lo mejor es romper el vaso. 

    ¿Cómo ves el vaso?
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  • Cuando se vayan los problemas, seré feliz 

    Pues no.  Con sus dos letras N y O. Seguramente es algo que sabemos, pero que no nos acaba de entrar en la cabeza. La cuestión es que posponemos todo o casi todo. Por lo que he hablado con mi “cocorota”, a ella le encanta estar tranquilita, sin que la molesten, en paz.  Disfruta muchísimo tumbada en la hamaca tomando un refresquito y que alguien la abanique.  Entonces, si aparece un problema, un reto o cualquier situación: pues ya más adelante lo veremos. Y así se nos instala en la cabeza que “mañana, si eso, vamos viendo…” Total que posponemos nuestra felicidad para más adelante. Ahora no soy feliz porque estoy agobiado/a en el trabajo… ahora no soy feliz porque estoy con exámenes… ahora no puedo estar feliz porque tengo que pensar en lo que voy a hacer de comer… ahora no soy feliz, porque tengo muchas deudas y cuando solucione “ya sí  eso” ya seré feliz. 

    ¿Cuando no tengas problemas serás feliz?
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