Me he vuelto a encontrar con la lectura del libro “El hombre en busca de sentido” de Victor Frankl. De esa nueva lectura nace la afirmación: ¡Si lo tenemos todo!, Sí que lo tienes todo. Siempre que no tengas un problema grave de salud, si no te falta el alimento, si tienes un lugar en el que dormir y donde refugiarte y, si además, puedes leer esto, es que tienes un montón de cosas, lo tienes todo.

Este libro es muy recomendable y no es demasiado extenso. Una de las partes que más llama la atención, dejando de lado la crueldad humana, es la recreación en las cosas sencillas como el vuelo de un pájaro, el nacimiento de una flor, un atardecer… Los prisioneros, según relata el autor, quedan extasiados ante esas maravillas. Sin embargo, para nosotros esas cosas hoy en día, no significan nada, pasamos sin valorar muchas de las cosas que suceden. Muy pocas personas se entusiasman con una bonita flor, un atardecer o el vuelo de un pájaro.
A esta propuesta podríamos darle una vuelta de tuerca más, porque vivimos añorando cosas que están lejos de nuestro alcance y no hacemos inventario de todo lo que tenemos. La paradoja de la vida nos hace ver que, cuando nos falta la salud, somos conscientes que no disfrutamos lo suficiente de nuestra vida y estar saludable en su momento. Cuando, por alguna situación perdemos a alguna persona, algún familiar o ser querido, nos damos cuenta que a lo mejor no disfrutamos lo suficiente de su compañía y de su tiempo. Cuando por algún motivo pasamos por un revés económico, es probable que nos demos cuenta que no disfrutamos lo suficiente cuando teníamos lo necesario, porque añorábamos tener más.
Para vivir felices no necesitamos grandes cosas, porque únicamente hay algo muy importante… y es la vida que tenemos. Nuestra vida y nuestro tiempo es el mayor potencial, el mayor regalo. Algo que desperdiciamos en busca de mejores sensaciones, emociones o por querer tener algún objeto prescindible.
Lo tienes todo. Lo tenemos todo, pero estamos distraídos y no lo valoramos. A veces la vida se parece a esa zanahoria que se colocaba delante del animal para que camine y, por más que lo haga nunca la alcanzará. Si nos fijamos en el plan de vida, suele ser: terminar estudios, conseguir un trabajo, cuando lo logramos buscamos la independencia, esa independencia nos hipoteca para toda la vida, si queremos tener algún otro capricho hemos de trabajar y ahorrar para el vehículo, para las vacaciones y ciertos lujos… entramos en una especie de rueda hamster trabajando para pagar y gastando para trabajar… y cuando nos queremos dar cuenta ya hablamos de la jubilación, una edad en la que nuestra salud se deteriora y añoramos aquellos tiempos en los que no disfrutamos lo suficiente de todo lo que teníamos, porque corríamos detrás de aquella zanahoria llamada vacaciones, coche nuevo, casa, móvil de última generación… Pero ninguno de estos lujos los necesitamos para vivir.
Quizá deberíamos hacer un compromiso para disfrutar de lo sencillo: de la vida y de nuestro tiempo. De todas las maravillas que cada día tenemos a nuestro alrededor y que no valoramos: de las personas que nos rodean, de una naturaleza que nos proporciona lo que precisamos, de tener un lugar donde dormir y comer ¡Eso es una maravilla!
Hagamos una declaración de intenciones por lo sencillo, por lo que tenemos y no por lo que nos falta.
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