Gracias… No hay de qué

Es el final de una conversación normal. Dos personas hablan en mi presencia —no sé de qué, no soy cotilla para interesarme— pero sí escucho claramente el final. Gracias y no hay de qué. Todo bien hasta ese instante. Seguramente es lo normal en casi cualquier conversación entre personas que se han pedido algo o que tenían alguna duda y que fue resuelta, de modo que la persona solicitante agradece su atención y todo bien si no fuera porque la persona que responde —no hay de qué, miraba ya el móvil al final de la conversación. Respondió en modo automático, porque es lo conveniente, lo que hay que decir en esos casos, sin ningún tipo de interés, sin mirar a quien de verdad agradecía su colaboración.  

Y nos parece normal esa situación. Algunas personas responden en piloto automático, casi sin prestar atención, hola —hola; ¿cómo estás? —bien, ¿qué tal? —tirando. Parecen automatismos, como si fuese una máquina, un interruptor. Ante un estímulo, una respuesta. Si tocamos enciende la luz, si encendemos, empieza a funcionar.  Pero creo que las personas deberíamos ser más. Dar las gracias, mirando a la persona y contestar —de nada— de la misma manera, con contacto personal, visual. No somos máquinas y no prestar atención no es la mejor manera de hablar y contestar a los demás. 

No normalicemos la conversación automática. No todo da igual. No sólo son importantes las palabras, sino lo que las envuelve.  Hoy en día, por desgracia, hemos normalizado el hablar al móvil y a una persona. Nos sirve la multitarea, no nos importa el que nos hablen sin prestar atención, pero cuando hablamos de verdad, no sólo con la boca, con la voz, cuando hablamos con el cuerpo, con la mirada, con los sentidos, la conversación sube, mejora a otro nivel. 

Apostemos por estar en lo que estamos. Aboguemos por estar presentes, por escuchar de verdad, por responder de verdad, con atención, con interés, enfocados en lo que estamos, la multipantalla no funciona y mucho menos con personas. Sólo una cosa a la vez, sólo una persona y cualquier cosa que nos cuente es lo más importante del mundo.  Disfrutemos de lo maravilloso de una persona, de su comentario y de su agradecimiento, para responder, de nada o no hay de qué, pero con el corazón, la mirada, el cuerpo y la palabra que lo refrenda todo. 

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