Las cosas son del color que las pintamos. Cada cual le da color a su comida, a su vida, a su dieta, a todo lo que hace. Por eso aquellas cosas que hacemos de mal humor, al trancazo, a lo rápido, para terminar, no pueden salir bien. Y es una ley que sirve para todo. Para todo. Hoy la comida no me quedó rica, pero es que la hice deprisa y corriendo y con un poco de mal humor porque… Ahí está la respuesta de que la comida no quede tan buena.

Nos gusta mucho eso de echar balones fuera y culpabilizar a otras personas de las cosas que nos suceden. Sin embargo, en algunos casos la respuesta a aquellas cosas que —nos gustan o no—, están dentro de nosotros/as. Es verdad que hay cosas que nos influyen, no somos de piedra. Cualquier acontecimiento cotidiano, un incidente en la carretera, se nos cae algo, tropezamos… Son cosas que pasan. Lo grave es que esa situación o acontecimiento nos cambie el día y nos ponga de mal humor. Algo que ocurre de manera fortuita, no nos puede fastidiar el día. ¡No puede ser!
Por eso al notar cualquier inconveniente que pueda cambiar el sabor de nuestra vida y de nuestra comida, hay una receta fácil que nos han repetido mil veces y que nunca le hacemos caso: respira. Si tienes hijos o has tenido la suerte de compartir tu vida con pequeños, ante alguna trastada siempre nos han dicho cuenta hasta diez respirando. Y luego ya tomas la decisión más adecuada. Esa es la clave: en nuestro camino diario escuchamos en la radio una mala noticia, alguien nos dice algo negativo en la calle, nos increpan en el tráfico y nuestro día se viene abajo. ¡No debe ser!
Es por eso que nuestra comida sale mal, lo que cocinábamos se nos quema, se nos cae el salero dentro de la olla, se estropea la lavadora, el café no sale… y así un millón de cosas más que nos pueden ocurrir. Es por eso que ante cualquier situación lo importante es intentar que no nos afecte. Es verdad que no somos autómatas y no respondemos perfectamente con una IA. Nosotros sentimos y hay cosas que nos molestan, que no nos gustan, que nos enfadan. Pero a partir de ahí, tenemos dos opciones: dejar que todo nos salga mal o tratar de tomar riendas en la situación y disfrutar de lo que hacemos y de nuestra vida. Con 10 segundos de enfado es más que suficiente. Así que tenemos que hacernos cada día la pregunta mágica ¿Cómo quieres cocinar tu comida? ¿Y tu vida?
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