Esperaba que con el tiempo cambiara. Nuestra relación no era de película, ni siquiera de de televisión. Tenía sus días mejores y peores, pero esperaba que cambiara. Me había prometido que cuando nos fuéramos a vivir juntos, todo sería diferente. Sin embargo, lejos de mejorar la situación, lo que ocurrió es que empeoró. Aquellos situaciones que no me gustaban mucho, lejos de diluirse, se acentuaron y nuestra convivencia y relación se convirtió en algo insoportable.

¿Han escuchado alguna historia parecida? Seguro que si. Es muy probable que algún conocido/a o amigo/a nos hay narrado de ese modo su triste historia. Una historia que se repite con frecuencia, donde lo que prevalece es una realidad que nos indica que no es tan fácil que cambiemos o que los demás cambien.
La cosa de cambiar, mejorar, transformarnos, tiene su miga ¿Podemos cambiar? Si, pero ¿Puedo esperar o forzar un cambio? No. Por eso la clave es aceptar y aceptarnos, puesto que esperar que por arte de magia obre un cambio en nosotros/as o en los demás es una ilusión que no está en nuestras manos controlar. No puedo evitar que me venga a la mente la oración de la serenidad: “Dios concédenos la serenidad para aceptar Todo lo que no podemos cambiar Valor para cambiar lo que podemos Y la sabiduría para reconocer la diferencia”
Los cambios personales ¿Cómo se producen? En primer lugar hemos de saber que la mayor parte de los cambios en nuestra vida nacen de nuestro interior. Porque estamos convencidos/as de que necesitamos realizar alguna modificación. Por ejemplo, veo que necesito hacer deporte, dejar de fumar, estudiar, lo creo sinceramente y por ello opero ese cambio, no porque nadie me lo pida o me oblige a realizar ese cambio.
Esos cambios generalmente parten de la aceptación. Es decir veo, reconozco, entiendo que hay algo que quiero modificar y por tanto realizo o me propongo hacer ese cambio aunque me cueste o no sea capaz de culminarla. No se producen cambios porque otra persona me lo diga o me lo requiera. Es por ello que pedir, esperar que alguien ajeno sea capaz de transformar su vida, es una falsa esperanza, aunque en algún caso se da, pero siempre porque la otra persona reconoce que debe operar esa modificación.
Otra clave que me parece reseñable es que tampoco hemos de realizar modificaciones para complacer a los demás. No tiene mucho sentido que nos convirtamos en algo que no somos por requerimiento de de un tercero/a. No hemos de complacer a nadie, salvo a nosotros mismos. Es más, complaciéndonos nosotros/as es donde radica nuestro mejora, nuestro progreso y mejora.
En el mundo de las relaciones existe la falsa creencia o sensación que podemos amoldar a la otra persona a nuestros intereses. Pero no es así. Ciertamente, no obstante, cuando se empieza una relación, cada cual opera algunas modificaciones para ir al encuentro de la otra persona. Ambos ponen de su parte, pero no es posible que sea sólo una de las partes la que cambie toda su vida para adaptarse a la nueva relación y la otra no haga absolutamente nada, más que exigir y esperar ese cambio.
No se trata de resignación, sino más bien de aceptación. Conozco a una persona, me gusta y la acepto como es. Muy probablemente tendrá algunos defectos que no me complacen, pero lo normal sería aceptarlos, si son realmente grandes “defectos” para nosotros/as, lo normal es que busquemos otra relación, no tiene ningún sentido esperar ese cambio que probablemente no se produzca.
Obviamente, para poder encontrarme con otras personas, lo normal será conocernos, conocerte bien. Con tus virtudes y dificultades, con cosas buenas y mejorables, con cosas que quieres cambiar y otras on la que te sientes muy a gusto. No es positivo ni bueno tratar de agradar siempre a los demás, sin agradarse a uno mismo/a, sería como llevar una máscara.
En positivo, podemos sacar algo en claro: tratemos de aceptarnos y aceptar a los demás, tal como son, tal como somos. Es la mejor manera de ser felices y positivos/as, cualquier otra cosa es simplmente llevar una máscara y fingir no que no somos.
Deja una respuesta