Ernesto es una de esas personas siempre alegres y positivas. Un tipo legal del que te puedes fiar y con el que un apretón de manos basta para comprometerse en lo que sea. Es alguien honesto y sincero, al que le gusta cumplir su palabra y que cuando empezaba algo llegaba hasta el final. No importa que sea un puzzle, un libro o un proyecto. Si empezaba algo lo cumple. Es una de esas personas optimistas que tenía una visión positiva de la vida. Pensaba que lo mejor de entrada era no negarse, que luego ya habría tiempo de hacerlo. Así, para cualquier cosa que lo necesitaban, no daba un no por respuesta. Generalmente contestaba afirmativamente.

Con el paso del tiempo Ernesto se convirtió casi en el hazmerreír de muchas personas, porque se podía sacar de él casi cualquier cosa. Muchos lo tomaban por simple, por tonto. Trabajaba más de la cuenta sin pedir nada a cambio, hacía favores y sacaba el trabajo de los demás sin quejarse. Pero en el fondo es feliz. No le importaba hacer cualquier cosa, porque sabía que ayudaba a otras personas.
Pero cierto día dijo NO. Lo dijo con mayúsculas y sin ningún tipo de problema. Algunos se quedaron admirados, casi no lo creían. Pero se había dado cuenta de algunas cosas:
Que no tenía que sentirse culpable por decir no. Si una situación no era justa, si algo en su instinto o interiormente no le agradaba, es capaz de decir no. Sin tener que arrepentirse ni sentirse culpable.
El tener que decir no, no significa que tenga que enfadarse o romper una relación, simplemente supone no estoy de acuerdo, que no me parece bien algo, no supone un enfrentamiento.
Hay quien ve el “no” como una cuestión personal, considera que si se le niega algo, es que no aceptas, no quieres a esa persona. Cuando se dice no, se dice no a una propuesta de la persona y no a la persona.
Decir no, no supone agresividad ni enfado. Simplemente, de manera asertiva y razonada, se expresa una posición, sin hacer daño, sin rencor y de manera razonada.
No hay que tener miedo a decir no. Puesto que uno de los grandes problemas para mostrar nuestro desacuerdo son los miedos, por si pueden tener consecuencias, por si hay represalias o por lo que vendrá después.
El siguió siendo positivo, alegre y feliz. Y mayoritariamente sus respuestas eran si. Pero cuando veía alguna situación injusta o cuando después de pensarlo bien, creía conveniente decir que no, lo decía. Sin sentirse culpable, porque no lo hacía con la intención de hacer daño, de molestar. No lo veía como una cuestión personal y mucho menos se enfadaba al decir que no. No decía que no simplemente por decirlo o por fastidiar, sino porque lo creía oportuno y necesario.
Deja una respuesta