Todo lo que quieres no es lo que te hace falta 

Seguro que sabemos que estamos en una época de mucha comodidad. Si lo quieres, lo tienes. En cómodos plazos, con tu esfuerzo o, como apuntan algunos si lo deseas, los astros y los planteas se alinean para que lo consigas.  Sólo tienes que desearlo y tus sueños se harán realidad.  

Ya sabemos que erróneamente hemos depositado nuestra felicidad en cosas materiales. Objetos que se rompen, que dejan de ser bonitos, que únicamente nos satisfacen mientras dura la novedad y que al tiempo descartamos como el niño/a que se aburre de juguete porque ya no le complace. 

¿Lo necesitas de verdad?

Hay otras tendencias que se pueden englobar dentro de esta misma propuesta que consiste en que debemos hacer siempre lo que queremos. Si estamos incómodos/as, presionados, si no hacemos lo que nos apetece en cada momento, la vida será un sufrimiento.  Siguiendo esta idea hay quien apuesta por soltar todo lo que le sale por la boca en todo momento, sin pensar que puede herir a los demás o saltarse las normas porque eso es lo que le pide el cuerpo, porque es lo que quiero hacer en este momento y lo que me apetece… y como me apetece lo hago porque eso me hace feliz.  

Pues esta forma de pensar es un poco regulera, por no decir tirando a mala.  Porque lo único que hace es instalarnos en la búsqueda del placer constante, cosa que no nos da la felicidad, ni el bienestar.  Nos hace bastante egoístas y nos pone la felicidad siempre en un lugar lejano que casi nunca alcanzamos, con lo cual, lejos de darnos sentido, propósito o felicidad, lo único que consigue es lo contrario, sentirnos frustrados.  

Tenemos racionalidad. Bueno algunos tienen racionalidad —es broma— Pero no sólo tenemos que llevarnos por nuestros instintos, sino que luego tenemos que racionalizarlos. Es decir, el cuerpo a lo mejor me pide conducir por la carretera en dirección contraria, porque me gusta el riesgo, porque me apetece y porque sí.  Puede que si lo hago no me pase nada, porque no vienen otros vehículos.  Pero luego en el fondo, nuestra conciencia —si la tienes, claro— nos dirá que eso no estuvo bien.  

Si, por desgracia, causamos algún daño a otros/as, es probable que, además de tener algunos problemas legales y de responsabilidad, nuestra conciencia nos machaque mucho más. 

Es por eso que la pregunta a realizar cuando nos apetece algo es ¿realmente lo necesito? ¿Realmente es necesario, me hace falta? Esa es la verdadera clave. Porque el instinto nos dice como a los niños pequeños: lo quiero, lo quiero, lo quiero. Pero ¿de verdad necesitas tener o hacer eso? ¿Para qué? ¿Está alienado, de verdad con tu corazón y con tu vida?  

Es cierto que algunos instintos son momentáneos y aparecen como un rayo que parece que no podemos reprimir.  Me apetece un refresco o un helado o salir a dar un paseo… son cosas que brotan de nuestro interior y que deberíamos valorar.  Aunque, si somos capaces de racionalizarlo, será perfecto.  Es por lo mismo, por lo que deberíamos racionalizar una trifulca de tráfico o una discusión en la cola del supermercado, para no ir por ahí dándonos de tortas con todo el mundo.  Con todo, lejos de ser una frase bonita, el título de esta propuesta deberíamos tenerla bastante presente: Todo lo que queremos no es siempre lo que necesitamos ni lo mejor para nosotros/as. 

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