El partido no había ido bien. El resultado no fue bueno y el equipo estaba abatido. El entrenador se quedó sin palabras porque sabía que aquella fue su última oportunidad. Durante la semana le llamarían para cesarlo. Entre tanto caos, en un rincón del vestuario había un jugador, sonriente, motivado, con sus rituales y alegría característica que nadie podía quitarle. En entrenador se acercó a él, entre molesto y sorprendido, para preguntarle ¿Por qué no estás triste como todos? El simplemente dijo: Cualquiera que lo ha dado todo en el partido no puede estarse lamentando” Por lo que el dirigente se dio media vuelta y se fue

Probablemente el problema del equipo era que se había contagiado de desgana. Un jugador le recriminaba al otro que no estaba en su posición cuando ocurrió aquella jugada. El otro jugador no estaba motivado porque sabía que el equipo tenía malos resultados y pensaba que era difícil de mejorar. Otro miembro del equipo más próximo al entrenador sabía que iban a cesarle pronto y consideraba que no valía la pena esforzarse porque llegaría un nuevo equipo y habría que empezar de cero… y así podríamos hacer un repaso por toda la plantilla, para comprobar que uno tras otro, estaban desilusionados y sólo deseaban que terminara la temporada.
Lo que ocurre en ese equipo, nos puede suceder a cualquiera, cuando hacemos las cosas sin pasión, sin alegría, sin interés. Es probable que pensemos que no vale la pena porque nuestro encargado, jefe o empresa no se lo merece. Puede ocurrir que estemos en un proyecto en el que no estemos convencidos del todo y por eso no pongamos todo nuestro interés e ilusión. Es seguro que nuestras situaciones personales nos dificulten trabajar con energía y felicidad. Pero si dejamos que todas esas circunstancias puedan con nosotros llegaremos al mismo final que el equipo, se perderán los partidos, el equipo bajará en la clasificación y será una ruina para algunos.
No sé si te gusta o no el deporte. Pero en cualquier modalidad colectiva vemos como equipos confeccionados a base de estrellas y con mucho dinero, mientras que, otros, con menos presupuesto, pero con más ilusión, ganas, energías, son capaces durante un tiempo de mantenerse alto. Muchos se preguntan ¿Cómo es posible que esto suceda? En el mismo ámbito deportivo, en alguna ocasión vemos a un jugador jovencísimo que destaca y que luego, con el tiempo, se queda en el anonimato. También cabe preguntarse ¿Qué ocurrió?
Simplemente dejó de dar lo mejor de sí mismo. Simplemente se contagia por los compañeros/as de trabajo, de deporte y piensa ¿para qué me voy a esforzar si al lado mio hay alguien que no hace nada? ¿Para qué voy a trabajar tanto, si luego el jefe no me lo agradece? ¿Para que voy a realizar aquella actividad si otros/as luego se aprovechan de lo que hago? ¿Qué sentido tiene dar mi tiempo, energía e interés si no sirve para mucho?
Sí que sirve. Sirve para nosotros mismos para decir con total satisfacción: “Lo he dado todo y por eso no me lamento”. Sin embargo, aquella persona que no puso interés, que no tenía motivación, al termina su actividad dirá: Si hubiera… tal vez si… Si se hubieran dado aquellas circunstancias, si cobrara más… si tuviera los beneficios que tiene aquel… y tantas otras disculpas…
Pero aquel jugador, el de la esquina del vestuario, tiene la tranquilidad y la convicción de que lo dio todo. Así deberíamos ser siempre o, al menos, la mayor parte del tiempo, para que cuando hagamos nuestro trabajo, estemos completamente felices y satisfechos por saber que hemos dado lo mejor de nosotros/as mismos y por eso no nos lamentamos…
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