El partido no había ido bien. El resultado no fue bueno y el equipo estaba abatido. El entrenador se quedó sin palabras porque sabía que aquella fue su última oportunidad. Durante la semana le llamarían para cesarlo. Entre tanto caos, en un rincón del vestuario había un jugador, sonriente, motivado, con sus rituales y alegría característica que nadie podía quitarle. En entrenador se acercó a él, entre molesto y sorprendido, para preguntarle ¿Por qué no estás triste como todos? El simplemente dijo: Cualquiera que lo ha dado todo en el partido no puede estarse lamentando” Por lo que el dirigente se dio media vuelta y se fue


