Me pareció una propuesta acertada. Se dice que hoy en día estamos cada vez más conectados. Tenemos tecnología que nos facilita muchísimo la vida. Sin embargo, cada vez más, en lugar de estar más felices por todo lo que la tecnología nos ofrece, nos encontramos con mayor soledad, soledad digital. Fingimos estar muy bien en las redes, sonreímos para las fotos y para los selfies, pero son cosas que no llenan el corazón, que lejos de hacernos estar bien, nos producen mayor desazón y tristeza. Es lo que se llama la soledad digital.

Sigo de cerca a algunas personas. Sé lo que hacen, dónde están, qué les gusta. Creo que, incluso, podría ser un familiar suyo. Conozco sus gustos, sus aficiones, su vida. Sé tanto que podría ser como un hermano. Cuando hace los directos, me habla y le contesto. Sé perfectamente lo que le sucede y cómo va a reaccionar ante lo que le sucede. Sé qué deporte practica, las comidas que le gustan, las cremas que usa, la ropa que viste. En algunas cosas compro lo mismo que ella, pero en otras no. No me lo puedo permitir.
Hago videollamada con mi madre. Me cuenta las mismas batallas de siempre. Que si el vecino dejó la basura por fuera, que si la comida que hizo para hoy, que le gustaría que fuera el fin de semana, que llevamos mucho tiempo sin vernos. Yo intento seguirle la conversación, pero muchas veces me parece cansino. Siempre lo mismo. Pero bueno, es la familia y hemos de soportarnos.
Le escribo a algunas de las personas que sigo. Y es una maravilla cuando me contestan, aunque sea dando like a algún comentario o poniendo un corazón. Llamé a algunos compañeros de trabajo por videollamada, pero no me contestan. Al rato recibo algún mensaje amable disculpándose porque estaban en otras cosas. Nos llevamos bien. Me llevo bien con todo el mundo. Tengo muchos amigos con los que me mensajeo a diario. Al salir del trabajo y poner el móvil operativo, tengo cientos de mensajes; llevo una vida social ajetreada, con muchos contactos… Pero en el fondo del corazón, sé que algo no va bien. Siento cierto vacío interior que no se llena con todos los mensajes del mundo, ni con los likes. No sé qué pasa.
Quizá estos párrafos anteriores podrían pertenecer al diario de cualquier persona activa en las redes sociales y que pasa mucho tiempo entre pantallas. Podríamos estar hablando de la “Soledad Digital”. Personas con contactos, con relaciones, con una vida social activa, pero que en el fondo están solas/os. Hablan a través de pantallas, se relacionan a través de dispositivos, su vida social transcurre detrás de tecnología, pero en el fondo algo no va bien.
Lo cierto es que la humanidad siempre ha necesitado de relaciones personales. Somos seres sociales y las pantallas no llenan ese hueco. Por eso existe la soledad digital: personas que consideran que llevan una buena vida detrás de la pantalla, pero en su consciencia reconocen que algo no va bien. Cada vez más solos, más apartados, esperando un mensaje, una respuesta, que no llega.
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