Categoría: Reflexiones

  • El miedo al compromiso

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    El otro día me contaba una persona mayor que antiguamente las personas hacían tratos verbales que se mantenían en el tiempo de manera indisoluble. Negocios, acuerdos, préstamos, trabajos, se apalabraban y, con un simple apretón de manos, se rubricaban. Era gente de palabra. Hoy, sin embargo, nadie se atreve a emprender un negocio, formalizar una sociedad, trabajo o acuerdo, sin pasar por un notario, abogado o persona que formalice por escrito lo que previamente se ha convenido.

    De algún modo existe miedo al compromiso. Especialmente al compromiso personal. No muchas personas están dispuestas a entregarse a una causa determinada durante mucho tiempo. El futbolista firma por unas temporadas, los contratos indefinidos son una utopía, yo colaboro este año, el que viene, ya veremos. Así, por nuestra forma de ser, hemos ido abonando la desconfianza entre las personas y, aquello que hace años quedaba rubricado simplemente con palabras, ahora necesita de muchos trámites para formalizarse.

    De un modo particular me llama la atención, las estadísticas que cada año se publican sobre rupturas matrimoniales. Canarias, encabeza en nuestro país, el índice de separaciones y rupturas, superando la media nacional y al resto de comunidades autónomas. ¿tiene que ver con el miedo al compromiso? ¿con el clima canario muy caluroso, abierto a las salidas nocturnas? ¿Está relacionado, como apuntan otros, con el turismo?

    Siempre me ha llamado la atención el compromiso en la pareja. Hoy, encontrar matrimonios que cumplan sus bodas de plata es un auténtico milagro. Lo normal es hallar familias compuestas por padres y madres con sus novios y novias estableciendo una situación normalizada a la que ya nos hemos acostumbrado. Evidentemente, muchas y variadas situaciones han dado lugar a las rupturas. Pero, para concluir, quiero volver sobre el título de la reflexión, puede que hoy, por los cambios socialesexpreimentados,se dé con cierta frecuencia el miedo al compromiso.

    No se me ocurre juzgar ninguna situación, ni muchísimo menos condenar a nadie. Simplemente plantear una cuestión que siempre me ronda la cabeza. Si hoy queremos comprar una casa, no dudamos firmar un compromiso con un banco durante treinta o cuarenta años. Sin embargo, si tuviéramos que firmarlo con una persona, nos costaría mucho más estampar nuestra firma. Una relación de amistad, de pareja o cualquier otro tipo con otra persona nos cuesta mucho más mantenerla que con una entidad financiera. Y, sinceramente creo, debe ser objeto de una buena reflexión responder a este interrogante, quizá porque tiene razón ese viejo dicho «Allí donde pones tu corazón allí está tu tesoro»

  • Te quiero un montón, pero no te amo

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    Muchas personas, especialmente los más jóvenes, hablan muchísimo de querer. Escriben y le dicen a sus amigos con una facilidad enorme «Te quiero». Podríamos pensar que se trata de chicos y chicas con una enorme sensibilidad y que se enamoran fácilmente. Sin embargo, establecen diferencias que, para otros sectores, no existen. No es lo mismo querer que amar. (más…)

  • Cuando es más fácil odiar que perdonar

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    Perdonar no es sencillo. Solo hay que mirar a nuestro alrededor y vemos que hay personas enfrentadas, familias cuyos miembros no se dirigen la palabra hace años, rencores enquistados en centros de trabajo y en la vida social, por diferentes razones. Lo curioso es que nos empeñamos en mantener los enfados cuando a quien más perjudican es al que odia y no al que perdona. (más…)

  • Los fuegos ajenos nos queman poco

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    Leía hace un momento una frase que había retuiteado un amigo en la que exponía, con razón, que mientras nuestras islas se queman, otros hablan de cosas triviales. Por eso, no cabe duda que «el dolor de los otros molesta poco» o nada. En general, aunque nos cueste admitirlo, somos bastante poco solidarios con las causas ajenas. O también, puede haber ocurrido, que nos acostumbramos a las noticias trágicas que terminan por tener poca repercusión en nuestra sensibilidad. (más…)

  • Candelaria, ¿Folclore o devoción?

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    Ayer fui caminando a Candelaria. Hacia muchos años que no iba. Las últimas experiencias de ese trayecto no fueron muy positivas y me había quedado con mal sabor de boca. Por tanto, había decidido no repetirlo. Sin embargo, como afirma el dicho popular, «lo que no se prepara siempre sale bien», decidimos la tarde anterior ir caminando a la Villa Mariana e improvisamos un recorrido no muy largo de entre tres y cuatro horas. Una vez llegados a la plaza, el grupo con el que iba se detuvo como fin de trayecto. Al reunirme con ellos, les dije que el recorrido no era completo si no entrábamos a ver a la virgen. Por eso, llegadas estas fechas me surge siempre la pregunta ¿Candelaria es más folclore o devoción? (más…)

  • Envejeciendo

    Nunca me he planteado ser eternamente joven. Tampoco añoro la edad que muchos desean tener siempre, los 15 años. Tampoco trato de evitar la edad que tengo. Sin embargo, hay personas que envejecen más rápido que otras, porque el envejecimiento  no es apariencia física, sino que el envejecimiento más grave es el mental. No tenemos porque cambiar esencialmente cuando pasan los años, debemos madurar, pero no posicionarnos en otro lugar completamente distinto al que ocupábamos cuando teníamos veinte años menos. (más…)

  • Bravo por Mereset Defar y Sarah Attar

    En un mundo donde lo políticamente correcto es lo que impera, hay personas, en este caso deportistas, que rompen el guión y no pasan inadvertidos. Semanas antes de comenzar los Juegos Olímpicos de Londres 2012, se advertía a los participantes para que no utilizaran símbolos religiosos, ni hicieran ninguna referencia a sus creencias en la cita olímpica. Con el transcurso de los días hemos visto algunos testimonios de atletas que, una vez más, nos confirman que el fenómeno religioso no puede ser prohibido en la vida pública. Mereset Defar y Sarah Attar son dos muestras de lo importante que puede llegar a ser para la persona su religión. (más…)

  • Perdono, pero no olvido. Olvido, pero no perdono

    No sé muy bien en qué orden, pero muchas personas pronuncian alguna de estas frases. Siempre me han llamado la atención puesto que decir cualquiera de las dos cosas me parece algo contradictorio. Si perdono algo, me olvido, si no perdono, lo tengo siempre presente. Lo más lógico y sano mentalmente, me parece que es Perdonar y Olvidar, lo cual no supone borrar de nuestra memoria algún acontecimiento. (más…)

  • Robar para comer y otras paradojas de la vida

    Hoy observo incrédulo los noticiarios que publican el asalto a supermercados en Andalucía para repartírselo a personas necesitadas. Al tiempo, también leo en diarios locales de hoy, que se están detectando hurtos en pequeños supermercados de Tenerife. Evidentemente, la situación empieza a ser preocupante porque la próxima semana finaliza el periodo en el que se le proporcionaba 400 euros a personas sin recursos.

    Sin embargo, el objeto de la reflexión es otro, preguntarme una vez más, ¿cómo es posible conciliar estas situaciones de pobreza con la alegría de quienes viven holgadamente? ¿Cómo conjugar un noticiario donde se habla de estas situaciones de pobreza, con el programa que se emite a continuación en el que se muestran las viviendas de personas ricas?, ¿Es viable ver reportajes de pobreza en nuestro país y a continuación admirar como muchas personas se van de viaje en vacaciones? ¿Dónde queda la solidaridad entre personas?

    Hace días, también en televisión, esta vez en un documental, veía como una pequeña manada de jabalíes era atacada por depredadores. Los animales más grandes y rápidos , consiguen escapar. Lógicamente eran más hábiles y rápidos, mientras que las fieras se cebaron con el benjamín del grupo. Como suele ocurrir, son momentos desesperantes. El cachorro trataba de conservar la vida, ante los embates de las fieras. Seguramente en aquellas escenas podíamos ver reflejado el comportamiento de nuestra sociedad actual. Muchas personas lo pasan mal, como el cachorro, mientras los demás están a salvo. El tiempo del ataque se prolonga más de la cuenta, llegando a ser desesperante, hasta que este sentimiento se cambia por sorpresa. Los jabalíes que escaparon fueron a avisar a una enorme manada que acude al rescate del cachorro. Poco a poco, muchos poniendo en juego su vida, consiguen ayudar al pequeño.

    Este reportaje ilustra perfectamente la situación actual. Algunos apenas tienen para subsistir, están a punto de quedarse sin ningún ingreso en el caso de suspender la ayuda de los 400 euros y el resto nos vamos, seguimos a nuestro ritmo. No somos capaces, siquiera de organizarnos, como la manada, para ayudar a los que lo necesitan… Me pregunto ¿Dónde queda la solidaridad?

  • Los prejuicios que tanto enturbian las relaciones sociales

    En las últimas semanas he perdido algunos amigos en las redes sociales. No es algo que me quite el sueño, pero si que es digno de una reflexión, puesto que esas pérdidas se deben a prejuicios sobre los grupos sociales a los que pertenecemos. Los prejuicios aparecen, fundamentalmente porque el ser humano necesita generalizar, para poder, de esa manera, rentabilizar sus recursos mentales. Es decir, atribuimos a un determinado grupo social una serie de características que generalizamos al resto. Esto supone obviar la diferencia y la peculiaridad de cada uno perjudicando las relaciones sociales.

    Así, es frecuente pensar que todos los jóvenes son unos locos, que cualquier persona con mal aspecto es un delincuente, que todos los políticos son unos corruptos, que todos los que practican alguna religión son unos retrógrados, que todos los deportistas se dopan… y podríamos confeccionar una lista interminable.

    Los prejuicios enturbian las relaciones sociales, porque hemos abusado de esas etiquetas que ponemos a los diferentes grupos. Los amigos, que han dejado de interactuar conmigo, ha sido a raíz de descubrir mis creencias religiosas. Debo ser, a juicio de algunos, un retrógrado anticuado y aburrido por practicar una religión. No he conocido, como me decía un alumno, «un religioso que jugara al fútbol». Los «religiosos» lo que tenemos que hacer es rezar todo el día. No somos personas normales, con nuestras opiniones, con actividades, como cualquier otro, sino que tenemos una determinada etiqueta que pesa como una loza en nuestras espaldas.

    Los prejuicios enturbian las relaciones entre personas porque supone atribuir características que posiblemente no poseen. No todos los jóvenes que salen por las noches, son unos borrachos y drogadictos. Algunos abusarán de determinadas sustancias, pero no podemos generalizarlo. Igualmente, otro sector estigmatizado, aparte del religioso, es el educativo. Todos los profesores viven muy bien, con muchas vacaciones, poco trabajo… Pocos conocen que, en verano, muchos profesores aprovechan las vacaciones para seguir preparándose, que tienen que dedicar gran parte de su «tiempo libre» a preparar clases, sin añadir el nivel de presión del trabajo en el aula. Así podríamos seguir nombrando cada una de las profesiones y encontraríamos muchos prejuicios para cada una de ellas.

    Los prejuicios son negativos, porque limita nuestra capacidad de aprendizaje. Los hombres son machistas… ¿todos? Los agricultores son unos ignorantes ¿Seguro? Estoy convencido que un agricultor nos puede dictar una tesis sobre cultivos, ciclos de la naturaleza, temperaturas. Sin embargo, nuestros prejuicios nos limitan, impiden nuestro desarrollo. ¿por qué no nos dejamos sorprender por lo maravilloso que es cualquier persona? ¿por qué no podemos aprender de nuestros mayores, de los jóvenes o niños? Cada cual dentro de su ámbito, tiene mucho que aportarnos. No somos simplemente un número más dentro de un grupo, sino que somos únicos, especiales y diferentes.

    El día que abandonemos los prejuicios, comenzaremos a ser un poco más felices. ¿Por qué? Pues sencillamente porque seremos capaces de ver a las personas como tal. No diremos ¡este es un friki! ¿por qué? Por cómo viste, por la música que le gusta, ¿qué más da? Detrás de cada vestimenta, de cada grupo social, de cada sector, hay persona. Una persona maravillosa, única y diferente que debe ser respetada y amada, tal como nos gustaría que nos tratasen a nosotros. Por tanto eliminemos prejuicios y ¡dejémonos sorprender por las personas!