Ayer fui caminando a Candelaria. Hacia muchos años que no iba. Las últimas experiencias de ese trayecto no fueron muy positivas y me había quedado con mal sabor de boca. Por tanto, había decidido no repetirlo. Sin embargo, como afirma el dicho popular, «lo que no se prepara siempre sale bien», decidimos la tarde anterior ir caminando a la Villa Mariana e improvisamos un recorrido no muy largo de entre tres y cuatro horas. Una vez llegados a la plaza, el grupo con el que iba se detuvo como fin de trayecto. Al reunirme con ellos, les dije que el recorrido no era completo si no entrábamos a ver a la virgen. Por eso, llegadas estas fechas me surge siempre la pregunta ¿Candelaria es más folclore o devoción?
Lógicamente la respuesta no es fácil, porque estamos hablando de sentimientos de personas. Hay quienes valoran la religión y la fe de una manera, mientras otros no coinciden en ese punto de vista. De cualquier modo, cuando llega el 15 de agosto hay muchos sentimientos encontrados. Hay quienes van a Candelaria con muchísima fe, pero también los hay que van a la fiesta, como ocurre con cualquier otra celebración patronal local.
La religión siempre se ha mezclado con las costumbres y la cultura, hasta el punto de diluir los límites entre una cosa y otra. Esto ocurre precisamente porque la religión es inherente a la persona y a la cultura. No se puede separar. Por eso, en estos tiempos que corren es difícil valorar quien acude a una peregrinación con auténtico sentimiento religioso y quien no. Pese a todo, seguimos yendo a Candelaria caminando y no a otra parte. Por algo será.
Al entrar en la basílica, todo parece folclore. Flores, fotos, gente, muchísima gente. Todo invita a pensar que falta recogimiento en el templo. Hay voluntarios por todas partes tratando de mantener el orden dentro del recinto, ayudando a quienes lo necesitan. Parece cualquier cosa menos un encuentro religioso. Cuando visito un lugar de estas características pienso que en cualquier momento puede aparecer nuevamente Jesucristo ataviado con el látigo y ponernos a todos en la calle.
Entre tanto jaleo, surge una imagen enternecedora. La que acompaña a este escrito. Una mujer que entra de rodillas por todo el pasillo central de la basílica de Candelaria. Rápidamente busco el móvil y la fotografío, para recordar que entre todo el bullicio, ante todo el folclore siempre hay un gesto de la devoción más profunda. Aunque algunos se queden fuera en la plaza y otros simplemente vayan a la fiesta, siempre hay muchos que acuden a Candelaria con una tremenda fe y devoción. Con ellos me quedo. Feliz día de Candelaria

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