Está entre interrogantes, si. De las tantas cosas que leemos y vemos para hallar la felicidad está la ayuda. Está demostradísimo que hacer algo por los demás, participar en un acto solidario, ayudar al vecino, a quien nos solicita algo, nos genera felicidad. Lo que llame la atención es que, de algún modo, se está pervirtiendo esa ayuda. Por tanto ¿tiene sentido practicar la solidaridad para conseguir mi bienestar? ¿Es normal ayudar a quien lo necesita para mi placer y mi mejora personal? ¿No sé está siendo algo egoísta?

Copio literalmente el párrafo que me encontré y que me dejó dudando a cerca de la práctica de la solidaridad y la ayuda:
“La ciencia ha demostrado que los pequeños actos de bondad no solo benefician a quienes los reciben, sino que generan una reacción en cadena en nuestro cerebro que nos hace sentir bien. Así que, si buscas ser más feliz, recuerda estas dos palabras: «ayuda a otros». La ciencia respalda que hacer el bien nos hace sentir bien”
Entonces ya no ayudo porque alguien demanda algo. No ayudo a la persona a cruzar la calle porque lo necesita. No llevo la compra a alguna persona mayor, porque no puede con ella y necesita algo de ayuda. No cedo el lugar en el transporte público porque esa persona necesita sentarse y puedo permanecer e pie. No detengo la puerta del ascensor para que alguien pueda subirse y que llegue antes. No ayudo a una ONG por el bien que hacen, no colaboro con una campaña de limpieza del monte o en la playa, por lo bueno que supone tener una zona limpia y menos contaminada, sino que todo eso lo haremos, porque la ciencia dice que así seremos más felices.
Igual es una interpretación perversa de la ayuda y se pierde el sentido de la ayuda misma. Tenía entendido que nos ayudábamos por humanidad, por formar parte de la misma raza humana que desde tiempos inmemoriales se unen en grupos para prestarse esa ayuda. Nos hemos agrupado en torno a las aldeas o familias, en principio, luego en poblados, por la necesidad de compartir, protegernos y beneficiarnos mutuamente. La ayuda, es algo connatural al ser humano. La solidaridad es casi innato, cuando vemos a alguna persona que se cae, que tiene un problema normalmente, nos conmovemos y ayudamos. Seguramente no pensamos: “Voy a ayudar porque así me siento bien”
Lo que sucede y, de ahí viene cierta perversión de la ayuda, es que lo bueno es ayudar sin pensarlo, porque me salió sin más. Vi una necesidad e inmediatamente actúe. Luego, cuando ya prestamos la ayuda, cuando reflexiono sobre lo sucedido, me viene una sensación de satisfacción y felicidad por sentirme útil, por haber cooperado, porque logramos un objetivo común, pero siempre debiera ser a posteriori.
Lo anormal sería hacer las cosas por interés, como quien presta algo para que luego le presten o quien hace un regalo, porque luego espera que se lo devuelvan. Así el voluntariado, la acción de ayudar sin más, pierde todo su interés. No hay gratuidad, no hay humanidad, no hay entrega sin esperar nada, que es lo que, de verdad, genera la felicidad.
Ahora la decisión está en nuestras manos ¿Cómo piensas ayudar, esperando que te devuelvan el favor o por altruismo?
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