¡Casi nada con los copilotos! En algunos casos son buena gente, van a nuestro lado tranquilos/as disfrutando del paisaje, hablando de alguna cosa interesante, compartiendo sensaciones, tiempo, alegrías, preocupaciones. Pero, en cambio, hay otros copilotos que nos dan ganas de lanzarlos fuera. Hay casos en los que probablemente nos gustaría que el sillón de al lado fuera eyectable, como el de los aviones, y apretar un botón y lanzarlos fuera. Es aquel que nos va diciendo continuamente: ¡cuidado!, ¡mira ese que se mete!, ¡frena!, ¡ya puedes!, ¡ahora no!, y, si lo dejas, apenas pones el intermitente para aparcar, se baja del coche para avisarte, aunque tengas sensores, cámaras y aparcamiento automático. ¡Madre mía, qué sufrimiento!

Seguro que conoces a algunos/as así. Seguramente lo hacen sin mala intención. Tratan de ayudarnos, pero más que eso, lo que consiguen es desesperarnos. Tratan de ayudarnos, pero más que eso, lo que consiguen es desesperarnos. En mi vida «copiloticia» —no existe la palabra, claro. Pero se trata de cuando voy al lado del piloto—, suelo dar pocas indicaciones, salvo que se me pidan. Ayudo en lo que puedo en la conducción, apartándome para que puedan mirar por la ventanilla o ayudando en lo que puedo, pero sin dar más indicaciones que las que se me pidan, porque reconozco que a casi todo el mundo incomoda el que le vayan diciendo continuamente lo que tienen o no que hacer.
Con nosotros pasa lo mismo, con nuestra mente pasa lo mismo. Llevamos un copiloto pesado que nos va diciendo cosas continuamente. No para. Santa Teresa la llamaba «La loca de la casa», con razón porque no se detiene en ningún momento. Es por eso que hay que cuidar del copiloto, pero sin volverse muy loco/a. Estar atentos a sus indicaciones, pero sin mucho más.
Es verdad que al copiloto hay que cuidarlo porque nos avisa de cosas. De los peligros, cuando ve algo que nos puede hacer daño y nos pone alerta. De intuiciones, sintiendo cosas que a veces no valoramos adecuadamente. No sé si esa idea del copiloto o de esa «loca de la casa» estará estudiada, pero intuyo que es como si estuvieran en hemisferios diferentes de nuestro cerebro y continuamente se dieran instrucciones.
Con todo hay que cuidarlo, hay que escuchar a nuestro copiloto, pero sin mucho más. ¿Cuándo debemos escucharlo?
- En los casos de peligro: Que nos pone alerta sobre alguna situación que puede ser dañina para nosotros.
- En las sensaciones: Cuando intuimos que algo no va bien. No nos gusta el ambiente, la persona, la situación. Hay algo raro pero no sabemos exactamente qué es.
- En el diálogo interno deseado: Cuando necesitamos pensar o meditar cualquier situación, darle una vuelta o meditarlo con la almohada. El «copi» nos va a dar una versión distinta.
¿Cuándo acallarlo?
- Con su negatividad: A veces nos plantea mil cosas malas, sin sentido. Nos tiene continuamente alerta, como el pesado que llevamos en el coche: por ahí no, cuidado, con ese, mira para allá, ves… te lo dije. Ahí directamente mándalo a paseo.
- Cuando no nos deja concentrarnos: Cuando queremos meditar, pensar y aparece siempre con su charla pesada y aburrida ¿te acuerdas de lo que hiciste…? Mira que dentro de un mes tienes… Igualmente dile silencio. No te necesito ahora.
- Cuando nos trae recurrentemente el mismo pensamiento: Alguna situación vivida y que la repite, la repite y la repite hasta el aburrimiento. Es también momento de decirle déjame en paz. Especialmente con una situación negativa ¿y por qué no le dijiste? ¿y por qué no le dijiste? ¿y por qué no le dijiste? ¿por qué hiciste? ¿por qué hiciste? ¿por qué hiciste?… Dile: ssssssssst
No es fácil. Es verdad. Pero hemos de intentarlo. Porque somos nosotros/as los que hemos de tener el control y no dejar que el copiloto tome las riendas de nuestra vida con miedos, incertidumbres pasadas o futuras… Así que ¿te animas a controlar a tu copiloto?
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