No estamos en una balsa, ni en una burbuja. La vida ha de sacudirnos de vez en cuando. Se aproxima el verano y es un buen momento para que la vida te sacuda un poco. Hace mejor tiempo, los días más largos, quizá sea un buen momento para cambiar las rutinas.
Voy a tratar de conseguir que… tengo que lograr poner todo de mi parte, debo buscar la manera e incluso otras cosas que a veces nos decimos: voy a comportarme de manera que… Parece que estamos forzando determinadas situaciones, que no son naturales, que no fluyen, por tanto cuando tratamos de forzar alguna cosa; bien sea externa o interna, seguramente no estamos fluyendo con la vida y tampoco estamos aceptando la realidad.
El otro día estaba en una reunión y antes de empezar a trabajar, como es normal, se trataron temas de actualidad ¡estaba más perdido que un ciego en un campo de minas!, como si me hablaban en chino. No entendía nada. En estos casos es bastante aconsejable asentir con interés, como si conocieras todos los detalles de las noticias y tan pancho. Si tienes oportunidad de opinar algo porque tienes algún detalle, lo haces y sales tan feliz.
Dicen los neuropsicologos y quienes entienden de eso, que nuestro cerebro no es un pen drive, ni un disco duro. Esto es que en una unidad de guardado informático, ponemos una foto, un documento, un vídeo o cualquier cosa y la recuperamos pasado el tiempo en idénticas condiciones a las que pusimos. Sin embargo, con nuestros recuerdos no pasa lo mismo.
Aquí sobreviviendo… ¡buuf, vaya frase! Para enmarcar y tirar al fondo del mar ¿cómo podemos decirnos estas cosas? Más allá de una frase que pueda sonar más o menos simpática, dependiendo del contexto, no debería estar dentro de nuestro vocabulario. Son de las típicas cosas que decimos y nos decimos y que hacen más daño del que pensamos. No deberíamos usar nunca, nunca, jamás este tipo de expresiones.
Eso fue lo que me dijo: “Esto es lo que hay”. Simple, fácil, sin mucho más que aportar. Es lo que hay sin más. Bien. Me pareció una frase maravillosa. Porque ciertamente, es lo que hay. Tratar de buscar otras opciones, pensar que mejor que hubiera sido de otra manera, ojalá que pudiera, si no hubiera sucedido como ocurrió… y cientos de lamentaciones más que no van a ninguna parte. Porque no hay más amigos: esto es lo que hay.
Lo vemos en las películas, ahora también en las series. El personaje de turno vive en una casa de tres mil metros cuadrados, tiene una piscina olímpica en su jardín, cincuenta coches deportivos en su garaje y una familia colgate que sonríe con una dentadura perfecta todo el tiempo. Luego ya empezarán las miserias y los problemas, pero de entrada, la cosa pinta increíble: el modelo al que todos/as deberíamos aspirar.
Insisto en lo que vemos, porque de algún modo, lo que miramos se convierte en el modelo a seguir, a lo que deberíamos aspirar. Lo cual, sin duda es un engaño. Vamos a las redes sociales: el paisaje perfecto, con el encuadre perfecto se muestra en la pantalla. También sonrisas colgates, cuerpos danone y mucho más podemos ver simplemente deslizando el dedo. Además, por si fuera poco, en esas mismas redes sociales nos aconsejan —previo contrato y pago por una firma comercial— cuál es el mejor sistema para bajar de peso, que deporte hacer o que comer para estar más feliz.
¿Cuántas series, películas se muestran vidas extraordinariamente normales? ¿En cuántas aparece una persona normal que dedica cada día a realizar su trabajo, con sus problemas para llegar a fin de mes, con la educación de los hijos y los quehaceres diarios? ¡Claro! No tiene enganche. Ver una vida de lujo y maravilla, si que nos impresiona…
Pero es que la felicidad no es tener una vida perfecta, sino aprender a vivir cada día con dignidad. Aceptar los situaciones de cada día como grandes lecciones que nos enseñan el camino que hemos de recorrer. “Ser feliz es dejar vivir a la criatura que vive en cada uno de nosotros, libre, feliz y sencilla”
La vida perfecta no existe. La vida perfecta es un ideal que nos han querido imponer para atontarnos un poco y sigamos esperando el gran momento de éxito o felicidad que nunca llega… Los buenos ingredientes de la felicidad son la gratitud, el perdón, la humildad, el coraje de amar.
Y termino: estas ideas no son mías. Es un guiño al Papa Francisco a quien acabamos de despedir y de quien se ha hablado, visto y leído tanto durante esta semana. Hace tiempo hablaba de la felicidad en esos términos que puesto entre comillas y me ha inspirado para esta reflexión…
Has leído bien. Tienes que ser el albañil de tu vida. Vale, bueno, es verdad queda más bonito “Tienes que ser el arquitecto de tu vida”, pero no, es mucho mejor ser el albañil de tu vida. Y, hasta si me apuras mucho, deberías ser el peón de tu vida. Claro que la frase no tiene tanto enganche, ni llama la atención, ni queda tan bien en tu estado de la red social. “Soy el peón de mi vida” Queda un poco cutre ¿no? Soy el albañil de mi vida, no tiene tanto enganche, pero tiene gracia y además es lo que tendríamos que hacer. Deberíamos, sin duda, ser peones o albañiles de nuestra vida.
No sé si tienes algún problema leve de salud del que no te habías dado cuenta. Tal como la pérdida de algo de visión, algo de audición o una leve molestia en cualquier parte del cuerpo. Espero que no, que todo vaya perfectamente bien. O puede que, tengas algo y ni siquiera seas consciente de ello. Es decir, has ido perdiendo agudeza visual o auditiva, cojeas un poco y no te das cuenta porque nos vamos acostumbrando. Tomamos esa anomalía como algo absolutamente habitual y propio de nuestro cuerpo.
Desde muchos ambientes se nos invita a desconectar de las redes sociales. Dañinas para la salud, ladronas de tiempo, nos enganchan, nos creamos una realidad que no existe, problemas de salud mental y un largo etcétera. Total que las redes sociales son el demonio. Así que lo mejor será eliminarlas para siempre de nuestras vidas ¿o no?