Prefiero la alegria

Puestos a elegir, prefiero la alegría. Pero no una alegría ruidosa, que escandaliza o llama la atención en forma de risotada para que los demás crean que somos felices, no. Prefiero una alegría serena, calmada, pacífica que brota del interior como un manantial de agua fresca. Una alegría que nos hace caminar con paz interior, con mirada firme y atentos al presente.  Una alegría que no se escenifica necesariamente con la sonrisa o el postureo que se pone explícitamente para las redes sociales o cuando hacemos una foto.  No una alegría externa maquillada de superficialidad y sin consistencia. Me gusta la alegría como desafío cada día y como motivación para seguir caminando hoy en el sendero de la mejora personal. 

Es probable que hayamos banalizado la alegría, que la hayamos reducido a la risa que nos produce una situación cómica. Es posible que se considere la alegría como un momento específico en el que alguien nos hace carcajear. Habrá quien piense que sólo las personas alegres son aquellas que siempre sonríen y las que no, son todos/as unos amargados.  Pero insisto en la alegría como trabajo interior, como búsqueda y trabajo personal de cada día. 

Es probable que el mayor error de la alegría es confundirlo con el placer.  La alegría no es placer, básicamente porque el placer es externo. El placer está fuera de nosotros en situaciones, momentos, vivencias, experiencias que nos dan esa sensación placentera o de satisfacción.  Sin embargo, la alegría es interna. La alegría es un sentimiento interior, tiene origen en nuestro interior, no depende de situaciones o momentos externos, tiene que ver con nuestras emociones. Es cierto, también que la alegría es una emoción básica y que habrá situaciones externas que nos producen alegría. Pero luego hemos de saber qué hacemos con ellas, hemos de pensar y valorar si esa alegría nos transforma y es capaz de contribuir a nuestro bienestar y se consolida como nuestra alegría interior. 

La alegría requiere un trabajo personal, una búsqueda que se aleja del simple placer momentáneo. Pero tampoco hay que demonizar el placer.  Disfrutar de las cosas, sentirnos bien en determinadas circunstancias no está nada mal, pero tenemos que saber transformarlo en alegría interior y tiene un gran peligro que deberíamos evitar. Se trata de hacer depender nuestra alegría únicamente de momentos placenteros. La alegría ha de ser mucho más profunda, más interiorizada, más de nuestro corazón que no se traduce sólo en una sonrisa de postureo, sino en una forma de sentir, de ver y de estar en el mundo.  

Para la alegría es necesario tener cada día una vocación de búsqueda, de conquista, de tratar de localizar la alegría en nuestro ser y no fuera. Es una meta y trabajo personal de cada día. Es una opción frente a las múltiples ofertas que nos encontramos en cada instante. Se trata de elegir la alegría, buscar la alegría en nosotros mismos, es una lucha y conquista. Es una apuesta personal para tratar de llevar una vida ligera, alegre, feliz. 

Prefiero la alegría al placer. Prefiero la búsqueda y conquista de la alegría de cada día en las pequeñas cosas antes que esperar que llegue la gran felicidad o alegría en un determinado momento. La alegría es una opción, como ya dije, pero ¿te animas a elegirla?

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