¿Para qué haces deporte? Para bajar de peso y estar más “fit”… ¿Por qué llevaste al compañero a casa? Porque estoy seguro de que otro día, si yo lo necesito, él me llevará. ¿Por qué invitaste al cortado ayer? Porque así otro día me invitan ustedes… Así podríamos hacer una retahíla de preguntas y respuestas que no terminan y que tendrían respuestas parecidas. Casi siempre hacemos cosas porque esperamos tener un beneficio a cambio. Es probable que algunos piensen que el mercantilismo es la mejor forma de relación. Siempre hay que esperar algo a cambio. Por desgracia, nuestra sociedad casi está pensada así: trabajo por dinero, compro porque quiero darme un capricho, yo no voy a ese sitio a perder el tiempo. El fenómeno de la productividad, aunque tiene cierto envoltorio de algo nuevo, es tan antiguo como la persona. Queremos que todo lo que hacemos produzca algo. Si planto alguna semilla, espero que produzca mucho fruto. Obviamente, todo esto es bastante normal. No quiero plantar para que simplemente sea bonito, si construyo algún producto o limpio o pinto mi casa, es porque quiero que quede bien… espero algo a cambio. Por eso esa idea de productividad o mercantilismo está en la base de casi todo.

La cuestión es que si mercantilizamos todo, no vamos a ser demasiado felices. Aunque lo lógico es que si trabajamos, recibamos una retribución, que si montamos un negocio, esperamos conseguir beneficios, no todo es producir. Hay que reservar ciertas cosas para la gratuidad. En la misma base en la que podemos encontrar esa productividad, también existe la necesaria cooperación para poder vivir juntos, compartiendo y dando lo que tenemos. Es probable que la cooperación esté en la base de nuestra forma de ser, puesto que hace miles de años, era muy rentable compartir la cosecha o un animal cuando se cazaba, porque era imposible consumirlo antes de que se estropeara.
Toda esta historia, porque me encontré con este artículo hace unos días: “Las personas verdaderamente amables comparten un rasgo psicológico común, según un estudio de Oxford”. Ese rasgo es la gratuidad y la amabilidad. Cosa que tiene bastante sentido. Estamos programados para la entregarnos y cooperar, pero vamos por la vida compitiendo, medio amargados, discutiendo por todo, elevando la voz, vigilantes por si nos engañan, medios desconfiados y así la vida es bastante mustia. Con todo, vamos a tratar de dar algunas pistas para tratar de ser más amables y practicar la gratuidad y, con eso, ser un poco más felices.
Disfruta del proceso. Esta es para mí, la clave fundamental. La piedra angular de la amabilidad y la gratuidad. Disfrutar del proceso. Si practicamos la gratuidad o la amabilidad para esperar algo a cambio, es muy probable que nos frustremos, porque no siempre saldrán las cosas como nosotros queremos. No siempre la respuesta será la esperada y por tanto no quedaremos satisfechos/as. Por eso lo más importante es disfrutar mucho de lo que hacemos. Cuando damos los buenos días, no esperemos que nos respondan, dálos porque te apetece. Cuando ayudes a cruzar la acera, no esperes que te den las gracias, cuando haces un favor, hazlo porque te sale del alma. Cuando reciclas o tiras un papel a la papelera, no lo hagas por lo que dirán quienes te ven o porque te van a dar un premio. Disfrútalo. Hazlo porque sí.
La satisfacción debe ser interna. No busques el reconocimiento, el mejor estatus, que te valoren, que te asciendan o cualquier otra cosa. Siempre o, casi siempre, cuando haces algo esperando algo a cambio, pierde un poco de sentido. Haz deporte porque te sientes bien y no porque vayas a bajar de peso. Sonríe porque quieres estar feliz no para que los demás te vean feliz. Estudia porque quieres aprender y no sólo por un aprobado. Aprende música porque te encanta un instrumento o cantar y no por esperar dar conciertos a los que acuden miles de personas.
Una forma de vida. Practica el bien como forma de vida. Desarrolla la amabilidad con todo el mundo: cediendo el paso, ayudando cada vez que puedas, recogiendo un papel y poniéndolo en la papelera, ayudando siempre… Pero ¡es que se aprovechan de mi! Bien. Puede ser, ¿pero eres feliz? Si es afirmativo, sigue adelante. ¡Qué más da! Disfrútalo siempre que no suponga un grave perjuicio para ti o para tu familia. Si por ayudar o hacer de más, abandonas a tu familia o dejas de hacer cosas que también te gustan, quizá deberías valorar y hacer balance qué es lo más importante y a qué deberías dedicar más tiempo.
Con todo. Ayuda bien, sin saber a quien. Haz el bien siempre, ayuda, colabora, siempre y sin esperar nada a cambio. Y sobre todo la idea fundamental: Disfruta del proceso. No hagas nada esperando que te valoren, que te den las gracias o que alguien haga eso mismo por ti en algún tiempo. Disfrútalo. Disfruta el momento y serás mucho más feliz. ¿Te animas?
Deja una respuesta