No está nada clara la línea que separa el autocuidado y el egoísmo. Desde muchos ámbitos se nos propone que seamos capaces de valorarnos, querernos, tener una buena autoestima para estar bien. Por otro lado, se nos habla de la necesidad de realizar algún trabajo comunitario, de vivir para los demás como forma de encontrar la felicidad. Por tanto, nos encontramos ante una encrucijada compleja. ¿Qué hacemos, primero nosotros/as o no?
Seguramente que en alguna ocasión nos ha sucedido pensar: que no me pregunte, que no me pregunte, que no me pregunte… y automáticamente sale tu nombre. También está otra: voy a ir a tal sitio y espero no encontrarme con Fulanito. Pero resulta que, en la misma puerta, te está esperando. Cuando estoy en el punto de mira por alguna situación, por ejemplo voy a recoger un título, una entrega de una distinción, cualquier cosa. Toda la tarde pensando: «espero no tropezar, espero no tropezar, espero no tropezar…» y según das el primer paso, a la vista de todo el mundo ¡cataplof! tropezón y al suelo. ¿Por qué sucede esto?
Me salió mal por tu culpa, yo tengo la culpa de todo lo que ha sucedido o la culpa es mía, son algunas de las frases con las que nos hemos familiarizado y acostumbramos a decirlas con regularidad. Sin embargo, la culpa se queda simplemente en eso, en culpa, pero la responsabilidad nos abre otros caminos y opciones. Es cierto que de una manera innata hemos aprendido que hemos de ser culpables. En el propio juicio a una persona: eres culpable o inocente. Sería muy distinto que la sentencia fuera responsable o no responsable del delito que se le imputa. El mismo vocabulario nos da una nueva perspectiva. Pensemos en las dos frases: Es usted culpable o es usted responsable? ¿A qué nos invita cada afirmación? La de culpa nos deja sin opciones. Eres culpable y punto, no hay más. La de es usted responsable sí que nos invita a reparar o pensar que es nuestra responsabilidad y por eso el deber moral es de reparar ese daño.
Lo vi como titular de un proverbio para la felicidad. Así que, pensándolo bien, creo que tiene bastante de razón. Me asalta una nube de palabras, algunas de ellas contradictorias, al pensar en esto: resignación, anhelo, deseo, más, conformarse… Puesto que parece que el contentarse o conformarse podrían ser sinónimos. En cambio, el deseo, anhelo, querer más, son antónimos de esta afirmación. Pero lo que sí creo que está claro es que el no saber contentarse, el andar siempre buscando más, nuevas experiencias, tener lo último, nos conduce únicamente a una carrera sin fin. Por otro lado, contentarse lo valoro como buscar tu propia felicidad y alegría, que debiera ser un trabajo de cada cual.
No puede ser. No tiene sentido. Es contradictorio, antagónico, es un disparate. Seguramente pensaremos así. Seguramente, de primeras nos vendrá a la cabeza que las emociones negativas no pueden tener nada bueno, que siempre nos avisan de cosas que no nos gustan, por tanto no es posible. Pero y si dijéramos que, a partir de las emociones negativas aprendemos, tenemos avisos, nuestro cuerpo nos cuenta cosas, nos pide estar atentos a alguna situación. Es por eso que esas sensaciones nos están diciendo cosas.
Ese instante en el que parece que hay magia alrededor o ese momento en el que todo sale según lo previsto. Llegar a la meta tras un gran esfuerzo en el que consigues aquello por lo que tanto te has sacrificado. Estar en un lugar con la temperatura ideal, sopla una suave brisa de verano, con tu bebida favorita en la mano, tus seres queridos alrededor disfrutando de un plácido descanso o también terminar una jornada de trabajo apacible en la que todo salió bien, todo el mundo sonreía, al volver a casa estaban todos los semáforos en verde, dejaste el coche en tu aparcamiento favorito y al llegar a casa tu familia te espera con los brazos abiertos con tu comida preferida sobre la mesa en un ambiente de felicidad. ¿Genial, no?
Casi siempre nos trazamos metas y hacemos planes. Es absolutamente normal plantear lo que vamos a hacer: una salida, lo que haremos mañana, quedar con alguien, son cosas que necesitan cierta planificación y por eso, las preparamos. Sin embargo, esa previsión no siempre es buena. La razón es sencilla porque de tanto planificar, preparar, ver, valorar, nos olvidamos de dónde estamos. Es por eso que no importa el lugar al que vayas, sea donde sea, hay que disfrutar del camino.
¿Qué más da el objetivo si no has sido o no eres feliz? Me cuesta bastante, por ejemplo, comprender el sufrimiento de un deportista (no hablo de profesionales o deportistas de élite) que va corriendo por la calle, con una cara de sufrimiento que no puede con ella. No compiten, no ganarán nada, pero se les nota mala cara, como sufriendo. A lo mejor el objetivo es bajar esos kilos de más o completar un número de kilómetros, pero ¿tiene sentido pasarlo mal de esa manera? A eso me refiero cuando afirmo: no importa dónde vayas, estás aquí. Este es el único momento posible y si lo estoy pasando mal, ¿qué sentido tiene? ¿Para qué hago deporte si lo estoy pasando mal? ¡Disfruta de lo que haces, sé feliz!
Si escribir estas líneas no fuera agradable, si no disfrutara con lo que hago, si fuera una obligación, seguramente no lo haría. Practico deporte habitualmente y, si fuera una carga, desde luego que no saldría a ejercitarme cada mañana. Estoy bastante de acuerdo con la frase «La vida es aquello que pasa mientras hacemos otras cosas» de John Lennon. Hoy, además, tiene mucha más vigencia con el despiste al que estamos sometidos con tantos estímulos y con mucha falta de concentración.
Es fácil decir vive el momento, disfruta del presente, no importa dónde vayas, ya estás aquí… pero es muy difícil llevarlo a cabo. Es tan difícil, como cualquier otra actividad que queramos hacer: aprender a cocinar, tocar un instrumento, cantar, ponerse en forma o hacer ejercicio, porque requiere práctica. Hay dos claves para regresar al momento presente, para vivir aquí y ahora. La primera: el deseo, es decir, quererlo. A partir de aquí debería aparecer la disciplina para buscar momentos en el día para actividades que nos hagan estar presentes, estar aquí. Y esta es la segunda clave: Desarrolla actividades que te obliguen a estar sólo en eso. Piensa en alguna y llévala a cabo: leer, por ejemplo, algún hobby como hacer puzzles, tocar un instrumento, escribir un diario. Pon esos ingredientes a lo largo del día. Busca momentos como estos para estar aquí y no ir a ninguna parte. Con el tiempo este pequeño hábito formará parte de tu vida y ya no importará dónde estés, porque estás aquí, disfrutando plenamente de la vida.
Es un tres en raya. ¡Es fantástico cuando conseguimos poner en línea las tres piezas y ganamos la partida! Pues más o menos eso ocurre con nuestro bienestar. Si somos capaces de alinear lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos, nuestra felicidad y bienestar estarán en línea. Así de fácil y así de sencillo. No hay cosa peor para estar bien que desalinear esas opciones vitales.
Aunque parece algo sencillo, no lo es tanto. Generalmente no decimos lo que pensamos de verdad. Bueno, los niños sí. Son maravillosos, ellos no se cortan, si quieren patalear patalean, si tienen que decir que no les gusta lo dicen y si hay algo que les atrae, van a por ello sin más. Pero según vamos creciendo, vamos poniendo filtros. Hay muchos: el filtro del quedar bien, el filtro de mostrarme de una manera determinada para que me acepten. El filtro de hacerme unos buenos selfies para que vean mi lado bueno en las redes sociales. Total que, cuando llega un momento de interioridad, de pensar en nuestra vida, vemos que a lo mejor no estamos actuando bien, que lo que sentimos y pensamos, no es lo que decimos y luego hacemos cosas diferentes y así no nos sentimos bien.
Lo primero que hemos de buscar siempre es nuestro bienestar. Podemos ver de manera concreta los problemas que nos acarrea el no tener el tres en raya. Si no está en línea pensar y decir —Pero cuidado, aquí no se trata de ir poniendo a caldo a todo el mundo, porque yo siempre digo lo que pienso— se trata de la tan hablada y manida coherencia. No puedo pensar o sentir que mi equipo preferido es el Barcelona, pero luego ante seguidores del Madrid, cambio de opinión. No debería decir que me encanta la playa e ir a nadar en verano, cuando no soy capaz de dar una brazada, porque no sé mantenerme en el agua. Puede que quedemos bien, puede que socialmente seamos aceptados diciendo aquellas cosas que no pensamos. Sin embargo, con el tiempo se darán cuenta de que estamos engañando y, como dice el refranero: «Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo».
Si decir y hacer no están alineados, se nota mucho más rápido. Por ejemplo, digo que soy ecologista y que cuido el planeta, pero luego tiro basura en la calle o no reciclo en casa. Cualquiera que nos vea se reirá de nosotros y no tomará nada en serio porque no estamos haciendo lo que decimos. Es más, si esa actitud se mantiene en el tiempo, habrá quien nos rechace porque estamos engañando.
Si pensar y hacer van a su aire, quizá no será tan notable como en los casos anteriores, pero sí que seremos nosotros/as quienes suframos las consecuencias. Porque veremos que estamos actuando mal. Nuestra vocecita interior nos dirá: dijiste aquello e hiciste lo otro. Dices que te gusta tal estilo de música, pero la detestas.
Con todo, el gran problema es que nuestro cuerpo nos delata. Y cuando se producen ese tipo de disonancias entre lo que pensamos o sentimos y lo que hacemos y hablamos, se nota. Precisamente los grandes interrogadores de la policía o investigadores se especializan en buscar esas señales de nuestro cuerpo que delatan que no decimos la verdad. No todos estamos entrenados para ver esos detalles, pero sí que somos capaces de notarlo con un poco de entrenamiento o sentido común, como cuando la mirada es evasiva ante una situación importante, cuando las manos hacen determinados gestos…
En fin. El trabajo en nuestro, de cada cual, para tratar de colocar las fichas en raya: pensar, decir y hacer. No sólo nos sentiremos bien, no sólo seremos más felices, sino que nuestra vida mejorará sensiblemente al encontrar que estamos actuando de manera correcta.
Frase lapidaria. De las que escuchas y dices ¡guauuu, qué buena! Es evidente que hay cosas que no podemos cambiar. Por tanto, oponernos, rechazarlo, luchar contra el destino es a veces una labor que únicamente nos genera sufrimiento y termina arrastrándonos, superándonos y generando más problemas. Es verdad que, en no pocas ocasiones, no nos gusta lo que sucede y nos negamos con todas nuestras fuerzas, pero eso no nos lleva a ninguna parte. Bueno, sí nos lleva al mismo sitio pero superados, agotados, sin fuerzas y seguramente, con la sensación de haber perdido una batalla de manera inútil.
¿No te ha pasado alguna vez que te levantas temprano, te preparas para una cita importante con mucha ilusión y justo cuando vas a salir, para llegar híper puntual te llaman que se suspende? Pero además, luego surge otro plan que resulta ser inmensamente mejor que el primero. Más simple todavía, te quedas en tu cola del supermercado, mientras que alguien que está delante de ti se cambia porque ve otras cajas que avanzan más rápido. Terminas tu compra y sales antes que la persona que se cambió de cola. Son detalles tontos, pero que el fondo nos señalan lo mismo. A veces vamos como pollos sin cabeza queriendo hacer determinadas cosas que no están para nosotros y nos empeñamos y seguimos erre que erre, para que al final todo sea más simple.
En muchas ocasiones hay que dejarse llevar. No por buscar atajos se llega antes, no por evitar colas terminas más pronto. Fluir, disfrutar, estar presente en cada momento y en cada lugar, es una buena forma de vida. ¡Pero nos cuesta tanto aceptarlo! Es que lo quiero y lo quiero ya. Aunque el destino nos manda a veces miles de señales, nos obstinamos para al final terminar arrollados y agotados.
Hay otro dicho similar a la frase del título y que está en la sabiduría popular: “Lo que está para ti, te llega aunque te quites, y lo que no está para ti, ni aunque te pongas”. No obstante, y siendo crítico, podemos decir que afirmaciones como esta, dejarnos llevar por el destino, fluir, aceptar, puede confundirse con la resignación o no hacer nada, porque, total, el destino ya nos dirá lo que toca. ¿Para qué me voy a esforzar? ¿Para qué luchar? Si no está para mí… no tiene mucho sentido.
En ese caso, la clave no es hasta cuánto tengo que seguir insistiendo. ¿Cuánto tengo que entrenar para que un equipo importante me llame? ¿Cuánto tengo que escribir para que un editor se fije en mí? ¿Cuántos vídeos tengo que publicar para ser famoso? Más bien, la idea es disfrutar del proceso y, si el destino o la buena suerte, o lo que sea, se cruza, pues bienvenido sea. Si no, pues sigamos celebrando y disfrutando de lo que hacemos. En la vida no hay atajos, las oportunidades crecen sobre un terreno abonado, la lotería toca a unas pocas personas que, probablemente, lleven mucho tiempo y dinero invertido en juegos de azar.
Por tanto, la propuesta es disfrutar de lo que hacemos, del trabajo de nuestro hobby, de nuestra pasión. Si a partir de ahí surge alguna propuesta, mejora, cambio, superación, perfecto. Pero el desaliento llega cuando hacemos cosas por un fin. Por una meta, por lograr ser famosos, por ganar dinero o por cualquier otra situación.
No son pocos los que proponen cosas para ser felices. Está claro que cada persona es un universo y, por tanto, le funcionan cosas distintas. También es cierto que, cuando leemos alguna de esas listas, estamos más o menos de acuerdo con ellas. Por eso, cuando leo algunas de las tantas que se publican, me apunto algunas con las que estoy más o menos de acuerdo. Esta nos plantea cuatro cosas, a modo de cuatro patas de una mesa, que nos ayudan a tener mayor bienestar. Seguramente el titular: “famoso psicólogo de la universidad de no sé dónde dice que los cuatro ingredientes de la felicidad son”…