Siempre En Positivo

Siempre en Positivo

  • Lo importante no es qué soportas, sino de qué manera

    La vida es sufrimiento. Puede parecer fuerte, pero hay algunas filosofías y tendencias que nos hablan de la vida en ese sentido. Para Schopenhauer, por ejemplo, la existencia es la manifestación de la Voluntad de vivir, una fuerza ciega e insaciable que nos impulsa a desear constantemente y, como esos deseos no se satisfacen, pues sufrimos.  Afirma que la vida es un sufrimiento constante interrumpido solo por breves momentos de neutralidad o alivio, ya que la satisfacción de un deseo genera inmediatamente nuevos anhelos. 

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    Otra referencia la podemos encontrar en el Budismo, donde se considera, como una verdad, que la vida es sufrimiento.  No implica que la vida sea solo dolor, sino que está marcada por la insatisfacción, la impermanencia y la dependencia de causas y condiciones. El sufrimiento es inevitable debido al apego y la ignorancia sobre la naturaleza real de la existencia, pero el objetivo es ser capaces de controlar ese apego para trascenderlo. 

    No hace falta buscar en filosofías o religiones tesis que afirmen esta propuesta. Para algunos, la vida es sufrir. El trabajo es sufrimiento y lo avalan con su etimología: proviene del latín vulgar tripaliāre, que significa «torturar». Para otros, que no consiguen el éxito deseado y aquello que se proponen, se ven como fracasados y, por tanto, en estado de sufrimiento. Además, tenemos aquello de « carga con tu cruz y sigue adelante». 

    ¿Entonces a sufrir todo el mundo?  Pues no. Sinceramente, no lo veo así. Considero que la vida es algo más. La cosa es, como dice el título: «Lo importante no es qué soportas, sino de qué manera». Sencillo, pero cierto. No se trata de aguantar resignadamente todo lo que nos ocurre, sino, más bien, ver de qué manera. Podemos pensar que todo está mal, que todo es lamentable y triste. También podemos decidir de qué manera llevamos esos momentos no tan buenos de la vida.  

    De igual modo que aceptamos que la vida no es de color de rosas, tampoco es un camino de espinas todo el tiempo.  Hay momentos mejores y momentos peores. Momentos felices y otros que no tanto. Pero la clave por la que siempre apuesto es por el equilibrio.  Ni hundirnos en un pozo inmenso cuando las cosas no son tan buenas, ni dar brincos hasta llegar al cielo cuando hay momentos felices.   Lo ideal es equilibrio y mesura.  

    Es por eso que, tratando de buscar el equilibrio, tratando de salir adelante, buscando sobre todo la tranquilidad y la paz, puede ser que la vida nos vaya mejor. No se trata tampoco de aislarse y subirse a lo alto de una montaña y vivir en ascetismo total. Se trata más bien de ser y estar equilibrados. Ante una buena o mala noticia, tomarnos un respiro antes de reaccionar de manera eufórica o depresiva. Lo importante es ser equilibrado/a. Para ello, algunas ideas que se me ocurren: 

    •  Busca espacios de paz. Cada día dedica algunos minutos para respirar, estar en tranquilidad y armonía. No hace falta tener un espacio meditativo, ni acudir a un lugar especial. Basta con alejarnos de los ruidos cuando vamos al trabajo, en casa, simplemente hacer alguna tarea de manera consciente y sin interrupciones. 
    • Rodéate de buenas sensaciones. Hay situaciones, momentos y ambientes que no nos hacen bien. Lo notamos enseguida porque, nada más llegar, sentimos que algo no va bien. Pues es sencillo. Aléjate, toma distancia. Si no puedes, porque es obligatorio estar en ese lugar, hay una técnica interesante que es imaginarte allí en una burbuja imaginaria. 
    • Dedícate tiempo. Realiza siempre que puedas algo que te guste, que te apasione y con lo que te sientas bien, especialmente si es una actividad creativa, como escribir, leer, pintar…  
    • Practica deporte. No hace falta correr una maratón cada día. Simplemente un paseo diario. Un tiempo de andar tranquilamente nos ayuda muchísimo.  
    • Vigila lo que comes. Los alimentos son nuestra gasolina.  Si es de mala calidad, no estaremos bien.  No supone que tengamos que controlar hasta la última miga que tomamos; podemos disfrutar del placer de la comida. Simplemente no ingerir en exceso nada que no sea bueno para nosotros/as y que es de todos conocido: procesados, bebidas azucaradas… 

    Así que toca cambiar nuestra mentalidad.  Toca valorar que la vida es la que es y somos nosotros los que la coloreamos. ¿De qué color la pintas?

  • ¿Ser o estar?

    He ahí la cuestión. ¿Podría decirse hoy en el conocido soliloquio de Hamlet de William Shakespeare? En ese caso se preguntaba: ¿ser o no ser? Pero hoy la pregunta pertinente es: ¿Ser o Estar? ¿Por qué es interesante esa pregunta? Básicamente porque no es lo mismo ser que estar. No es igual decir « yo soy…» que « yo estoy…». El ser de una determinada manera es limitante, mientras que estar es temporal. Como ya hemos comentado en otras ocasiones: ¡Qué impresionante y determinante es el vocabulario que usamos!

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    Así que la propuesta de hoy a botepronto es utilizar siempre el verbo estar.  El Ser, dejémoslo para las piedras o las cosas que van a estar ahí siempre o casi siempre. El ser podemos utilizarlo para nuestro propio crecimiento, como espacio interior a desarrollar.  Con bastante frecuencia mezclamos los verbos o los utilizamos de manera indistinta. Sin embargo, la diferencia es muy importante.  Cuando aseguramos que soy, que somos de una determinada manera, nos estamos cerrando a otras opciones, a otras maneras de crecer y mejorar.  

    Por eso es mejor decir y, sobre todo, decirnos: «Estoy triste», «Estoy en un mal momento», «Estoy desconcentrado», «Estoy desmotivado». Si utilizáramos el «soy triste», «soy malo», «soy desconcentrado», «soy desmotivado», la cuestión cambia.  Lo peor de todo es que en muchas ocasiones utilizamos esta idea para decirnos: «es que yo soy así».  Y ya. Punto. No hay más. Terrible. Sin embargo, si cambiamos ese lenguaje para decirnos: «es que ahora estoy así», significa que aunque esté en un mal momento, aunque ahora no esté bien, por la razón que sea, aunque ahora esté triste, desmotivado, depresivo, nerviosa, enfadado, inquieta, supone que es un momento transitorio, que tiene lugar ahora, en este preciso instante, pero que pasará. 

    Lo mismo para las situaciones positivas. Nadie está feliz siempre. Hay momentos mejores y peores y, lo bueno es saber que todo pasa, lo bueno y lo malo. Nada es permanente. Lo importante es no quedarnos anclados en ningún bucle de negatividad —a los que somos más propensos, por supervivencia— ni a los positivos porque generalmente no existen de forma continua.  Nuestra existencia es como las olas del mar o como la marea: vienen y van.  Lo importante es no quedarnos en una tempestad absoluta, ni en una calma chicha, sino reconocer que vamos navegando en un mar en el que hay momentos mejores y peores, donde lo bueno es disfrutar de cada instante. Los malos porque nos enseñan cosas, los buenos porque los disfrutamos.  

    Como cierre, sí que habría que insistir en la necesidad de cuidar nuestro lenguaje. No somos, estamos. No somos de una determinada manera, estamos de una determinada manera.  No siempre somos así. Se habla mucho y se ha demostrado la plasticidad neuronal. Siempre podemos cambiar, siempre podemos mejorar, siempre podemos crecer y aprender.  Lo importante para poder crecer, mejorar y estar mejores es el convencimiento y la disciplina para tratar de cambiar esa forma de estar. 

  • La soledad digital

     Me pareció una propuesta acertada. Se dice que hoy en día estamos cada vez más conectados. Tenemos tecnología que nos facilita muchísimo la vida. Sin embargo, cada vez más, en lugar de estar más felices por todo lo que la tecnología nos ofrece, nos encontramos con mayor soledad, soledad digital. Fingimos estar muy bien en las redes, sonreímos para las fotos y para los selfies, pero son cosas que no llenan el corazón, que lejos de hacernos estar bien, nos producen mayor desazón y tristeza. Es lo que se llama la soledad digital. 

     

    Sigo de cerca a algunas personas.  Sé lo que hacen, dónde están, qué les gusta. Creo que, incluso, podría ser un familiar suyo. Conozco sus gustos, sus aficiones, su vida. Sé tanto que podría ser como un hermano. Cuando hace los directos, me habla y le contesto. Sé perfectamente lo que le sucede y cómo va a reaccionar ante lo que le sucede.  Sé qué deporte practica, las comidas que le gustan, las cremas que usa, la ropa que viste. En algunas cosas compro lo mismo que ella, pero en otras no.  No me lo puedo permitir. 

    Hago videollamada con mi madre. Me cuenta las mismas batallas de siempre. Que si el vecino dejó la basura por fuera, que si la comida que hizo para hoy, que le gustaría que fuera el fin de semana, que llevamos mucho tiempo sin vernos. Yo intento seguirle la conversación, pero muchas veces me parece cansino. Siempre lo mismo.  Pero bueno, es la familia y hemos de soportarnos.

    Le escribo a algunas de las personas que sigo. Y es una maravilla cuando me contestan, aunque sea dando like a algún comentario o poniendo un corazón. Llamé a algunos compañeros de trabajo por videollamada, pero no me contestan.  Al rato recibo algún mensaje amable disculpándose porque estaban en otras cosas. Nos llevamos bien. Me llevo bien con todo el mundo. Tengo muchos amigos con los que me mensajeo a diario.  Al salir del trabajo y poner el móvil operativo, tengo cientos de mensajes; llevo una vida social ajetreada, con muchos contactos… Pero en el fondo del corazón, sé que algo no va bien. Siento cierto vacío interior que no se llena con todos los mensajes del mundo, ni con los likes. No sé qué pasa. 

    Quizá estos párrafos anteriores podrían pertenecer al diario de cualquier persona activa en las redes sociales y que pasa mucho tiempo entre pantallas.  Podríamos estar hablando de la “Soledad Digital”. Personas con contactos, con relaciones, con una vida social activa, pero que en el fondo están solas/os.  Hablan a través de pantallas, se relacionan a través de dispositivos, su vida social transcurre detrás de tecnología, pero en el fondo algo no va bien. 

    Lo cierto es que la humanidad siempre ha necesitado de relaciones personales.  Somos seres sociales y las pantallas no llenan ese hueco.  Por eso existe la soledad digital: personas que consideran que llevan una buena vida detrás de la pantalla, pero en su consciencia reconocen que algo no va bien.  Cada vez más solos, más apartados, esperando un mensaje, una respuesta, que no llega. 

  • Entonces, ¿primero nosotros o no?

    No está nada clara la línea que separa el autocuidado y el egoísmo.  Desde muchos ámbitos se nos propone que seamos capaces de valorarnos, querernos, tener una buena autoestima para estar bien.  Por otro lado, se nos habla de la necesidad de realizar algún trabajo comunitario, de vivir para los demás como forma de encontrar la felicidad. Por tanto, nos encontramos ante una encrucijada compleja. ¿Qué hacemos, primero nosotros/as o no? 

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  • Aquello a lo que te resistes, persiste 

    Seguramente que en alguna ocasión nos ha sucedido pensar: que no me pregunte, que no me pregunte, que no me pregunte… y automáticamente sale tu nombre. También está otra: voy a ir a tal sitio y espero no encontrarme con Fulanito. Pero resulta que, en la misma puerta, te está esperando. Cuando estoy en el punto de mira por alguna situación, por ejemplo voy a recoger un título, una entrega de una distinción, cualquier cosa. Toda la tarde pensando: «espero no tropezar, espero no tropezar, espero no tropezar…» y según das el primer paso, a la vista de todo el mundo ¡cataplof! tropezón y al suelo. ¿Por qué sucede esto?

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  • ¿Culpa o responsabilidad?

    Me salió mal por tu culpa, yo tengo la culpa de todo lo que ha sucedido o la culpa es mía, son algunas de las frases con las que nos hemos familiarizado y acostumbramos a decirlas con regularidad.  Sin embargo, la culpa se queda simplemente en eso, en culpa, pero la responsabilidad nos abre otros caminos y opciones. Es cierto que de una manera innata hemos aprendido que hemos de ser culpables. En el propio juicio a una persona: eres culpable o inocente. Sería muy distinto que la sentencia fuera responsable o no responsable del delito que se le imputa. El mismo vocabulario nos da una nueva perspectiva. Pensemos en las dos frases: Es usted culpable o es usted responsable? ¿A qué nos invita cada afirmación?  La de culpa nos deja sin opciones. Eres culpable y punto, no hay más.  La de es usted responsable sí que nos invita a reparar o pensar que es nuestra responsabilidad y por eso el deber moral es de reparar ese daño.

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  • No hay desgracia mayor que no saber contentarse

    Lo vi como titular de un proverbio para la felicidad.  Así que, pensándolo bien, creo que tiene bastante de razón.  Me asalta una nube de palabras, algunas de ellas contradictorias, al pensar en esto: resignación, anhelo, deseo, más, conformarse… Puesto que parece que el contentarse o conformarse podrían ser sinónimos. En cambio, el deseo, anhelo, querer más, son antónimos de esta afirmación.  Pero lo que sí creo que está claro es que el no saber contentarse, el andar siempre buscando más, nuevas experiencias, tener lo último, nos conduce únicamente a una carrera sin fin.  Por otro lado, contentarse lo valoro como buscar tu propia felicidad y alegría, que debiera ser un trabajo de cada cual. 

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  • Las emociones negativas tienen algo positivo

    No puede ser. No tiene sentido. Es contradictorio, antagónico, es un disparate. Seguramente pensaremos así.  Seguramente, de primeras nos vendrá a la cabeza que las emociones negativas no pueden tener nada bueno, que siempre nos avisan de cosas que no nos gustan, por tanto no es posible. Pero y si dijéramos que, a partir de las emociones negativas aprendemos, tenemos avisos, nuestro cuerpo nos cuenta cosas, nos pide estar atentos a alguna situación.  Es por eso que esas sensaciones nos están diciendo cosas. 

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  • El momento perfecto

    Ese instante en el que parece que hay magia alrededor o ese momento en el que todo sale según lo previsto.  Llegar a la meta tras un gran esfuerzo en el que consigues aquello por lo que tanto te has sacrificado. Estar en un lugar con la temperatura ideal, sopla una suave brisa de verano, con tu bebida favorita en la mano, tus seres queridos alrededor disfrutando de un plácido descanso o también terminar una jornada de trabajo apacible en la que todo salió bien, todo el mundo sonreía, al volver a casa estaban todos los semáforos en verde, dejaste el coche en tu aparcamiento favorito y al llegar a casa tu familia te espera con los brazos abiertos con tu comida preferida sobre la mesa en un ambiente de felicidad. ¿Genial, no?

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  • No importa dónde vayas, ya estás ahí 

    Casi siempre nos trazamos metas y hacemos planes. Es absolutamente normal plantear lo que vamos a hacer: una salida, lo que haremos mañana, quedar con alguien, son cosas que necesitan cierta planificación y por eso, las preparamos. Sin embargo, esa previsión no siempre es buena. La razón es sencilla porque de tanto planificar, preparar, ver, valorar, nos olvidamos de dónde estamos.  Es por eso que no importa el lugar al que vayas, sea donde sea, hay que disfrutar del camino.  

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    ¿Qué más da el objetivo si no has sido o no eres feliz? Me cuesta bastante, por ejemplo, comprender el sufrimiento de un deportista (no hablo de profesionales o deportistas de élite) que va corriendo por la calle, con una cara de sufrimiento que no puede con ella.  No compiten, no ganarán nada, pero se les nota mala cara, como sufriendo. A lo mejor el objetivo es bajar esos kilos de más o completar un número de kilómetros, pero ¿tiene sentido pasarlo mal de esa manera? A eso me refiero cuando afirmo: no importa dónde vayas, estás aquí. Este es el único momento posible y si lo estoy pasando mal, ¿qué sentido tiene? ¿Para qué hago deporte si lo estoy pasando mal? ¡Disfruta de lo que haces, sé feliz!

    Si escribir estas líneas no fuera agradable, si no disfrutara con lo que hago, si fuera una obligación, seguramente no lo haría. Practico deporte habitualmente y, si fuera una carga, desde luego que no saldría a ejercitarme cada mañana. Estoy bastante de acuerdo con la frase «La vida es aquello que pasa mientras hacemos otras cosas» de John Lennon. Hoy, además, tiene mucha más vigencia con el despiste al que estamos sometidos con tantos estímulos y con mucha falta de concentración.  

    Es fácil decir vive el momento, disfruta del presente, no importa dónde vayas, ya estás aquí… pero es muy difícil llevarlo a cabo. Es tan difícil, como cualquier otra actividad que queramos hacer: aprender a cocinar, tocar un instrumento, cantar, ponerse en forma o hacer ejercicio, porque requiere práctica.  Hay dos claves para regresar al momento presente, para vivir aquí y ahora. La primera: el deseo, es decir, quererlo. A partir de aquí debería aparecer la disciplina para buscar momentos en el día para actividades que nos hagan estar presentes, estar aquí. Y esta es la segunda clave: Desarrolla actividades que te obliguen a estar sólo en eso. Piensa en alguna y llévala a cabo: leer, por ejemplo, algún hobby como hacer puzzles, tocar un instrumento, escribir un diario. Pon esos ingredientes a lo largo del día. Busca momentos como estos para estar aquí y no ir a ninguna parte. Con el tiempo este pequeño hábito formará parte de tu vida y ya no importará dónde estés, porque estás aquí, disfrutando plenamente de la vida.