Le dijo el chico a ella. —No quisiera que te sintieras mal por mi culpa, continuó diciendo, mi vida es complicada y no quiero que por mis historias, por todo lo que me ha pasado te sientas mal.

Le dijo el chico a ella. —No quisiera que te sintieras mal por mi culpa, continuó diciendo, mi vida es complicada y no quiero que por mis historias, por todo lo que me ha pasado te sientas mal.

Que no me pase nada, que no me pase nada malo, que no me pase nada malo… de tanto repetirlo, le pasó. Me contaron de una persona que quería evitar a toda costa el sufrimiento. Su vida era una especie de equilibrio, iba como al borde del abismo, siempre con un miedo, a veces desorbitado, para que nada le sucediera. No quería llegar tarde nunca a una cita, se miraba al espejo en muchas ocasiones para salir de casa impoluto, pero de una manera especial, tenia muchísimo miedo a un accidente de tráfico. Hasta que el accidente lo encontró. Tuvo un accidente de tráfico: ¡Con todo el cuidado que pongo! —se lamentaba— y me dan un golpe por detrás inesperado.

Cuenta la chica que ya no sentía lo mismo y por eso la relación tenía que terminar. Ya no sentía lo mismo que antes, todo había cambiado, nada era igual, ella esperaba que todo fuera como el primer día, pero aquellos buenos momentos de alegría y complicidad se desvanecían como las hojas del otoño y no volvieron nunca más. Cuenta que ya no tenía las mismas sensaciones, que por su estómago no revoloteaban las mariposas. Ni siquiera otro tipo de animal volador que le hiciera sentir lo mismo. Ya no sentía… ya no sentía…

¿Las emociones van a su aire? Hay quien opina que no se pueden controlar. Un ataque de ira, para algunos es incontrolable, para otros es una emoción básica que se genera ante alguna situación externa pero que un poco de cuidado, se puede controlar. Lo mismo puede ocurrir con la alegría, hay quien exagera su emoción con grandes voces y risotadas. Por eso la pregunta es pertinente ¿filtramos lo que nos ocurre o no podemos controlar? ¿Sentimos lo que pensamos?

No cabe ninguna duda que las palabras tienen un poder inmenso. Las palabras son un vehículo de comunicación enorme y, a veces casi el exclusivo entre personas, de ahí las interpretaciones, malos entendidos, lo que queremos decir y que no nos salen las palabras, lo que no dijimos y alguien interpretó como dicho por nuestra boca. Pero ante todo, tiene especial importancia las palabras que usamos y que decimos, porque nos constituyen como persona.

Esa era una de las frases simpáticas que nos decían de pequeños. Con la intención, imagino de contestar de manera sarcástica o para quitar importancia a las posibles dolencias de cualquier enano. Algo que, obviamente, enfadaba a cualquiera. Por si fuera poco, el repertorio con este tipo de respuestas es amplio: me duele la barriga, pues tira de ell para arriba, Me duele el… (aquí cualquier parte del cuerpo) pues duélele tu a él y así el repertorio puede ser larguísimo. Sin embargo, ahora un poco más en serio, leí hace unos días algo relacionado con nuestras sensaciones y cómo nos afectan ¿Podemos controlarlas? ¿Estamos a merced de lo que dicta arbitrariamente nuestro organismo y no podemos hacer nada para cambiarlo? O, lo que nos interesa más, ¿si me encuentro mal puedo cambiarlo y empezar a sentirme bien?

Nos acostumbran y nos enseñan para ser los mejores o los primeros/as. En las competiciones, en la enseñanza, en casi situaciones hay que ganar. Nadie nos enseña para el fracaso. Sin embargo, de los logros, de lo que conseguimos no aprendemos demasiado. Sin embargo, de lo que verdaderamente aprendemos, es de los fracasos.

Habitualmente dejamos la ropa preparada, el material del trabajo dispuesto, la comida en la nevera… Desarrollamos decenas de operaciones organizativas para tener una vida dentro de las previsiones que hacemos… ¿pero qué pasa si dejamos algo sin preparar? ¿es posible dejarnos llevar, improvisar o necesariamente tenemos que ser super previsores y tenerlo todo atado y bien atado?
Es frecuente escuchar me hicieron sentir fatal. También hay quienes dicen que se sienten mal en compañía de algunas personas. Otros afirman sentirse agobiados en determinadas situaciones. Sin embargo, debemos tener la certeza de que nadie nos puede hacer sentir nada que nosotros no queramos. Porque nuestros sentimientos son nuestros y no de las circunstancias externas.