Uno de los tesoros más preciados que reconozco en el ser humano es la libertad. Un derecho inviolable que posibilita que cada cual pueda expresarse sin tapujos, pueda pensar, seguir, creer, realizar aquello que en conciencia considera oportuno, sin que nada ni nadie se lo impida. Sin embargo, como dice el viejo dicho «Mi libertad se acaba donde empieza la del otro». Así, algunos creyendo estar en el total derecho y uso de la libertad son capaces de vulnerar la de otros.
Dos hechos son la raíz de esta reflexión: Un partido de fútbol y una manifestación anti… En primer lugar y, por desgracia a la violencia futbolística parece que nos vamos acostumbrando. Aficiones encolerizadas y azuzadas por los medios de comunicación de uno y otro bando encienden a unos jugadores que pierden los papeles en el terreno de juego, dando un terrible espectáculo. Ayer por la noche, ni hoy, ni en los próximos días se puede ser del Real Madrid. Los aficionados a este equipo recibirán insultos, burlas, por el simple hecho de considerarte seguidor de un equipo. Tengo hoy que esconder mi afición deportiva por miedo a lo que me van a decir… por tanto no soy libre, mi libertad está siendo cortada, no se respeta mi gusto deportivo.
La otra cuestión, está relacionada con lo que muchos han denominado «la manifestación antipapa». Hoy no se puede ser ni del Madrid, ni católico porque, hay quienes se empeñan en que debo ocultar mi creencia. Amigos cristianos que se encontraban ayer en Madrid contaban que tenían que ser escoltados por la policía a un lugar seguro ante una posible agresión ¿es esto libertad?
Mezclemos las dos celebraciones y veremos como el resultado nos parece, como mínimo «de un país de locos». Ayer se celebraba la final de la Supercopa. Hay muchas personas a las que no les gusta el fútbol. ¿Se imaginan que un grupo de antifútbol se presentara en el Nou Camp para protestar contra el partido? Lo pueden hacer con los mismos argumentos: Primero: No quiero que se invierta un solo céntimo de dinero público en este encuentro (pensemos simplemente que en los partidos de fútbol es necesario que un número de policías vigile a las aficiones para que no haya altercados) Segundo: Que el dinero que los aficionados se gastan en las entradas se lo envíen a los necesitados (este argumento también ha sido esgrimido para protestar contra el encuentro de los Jóvenes) y Tercero (para no alargarme) que casi cien mil personas, cuando termine el partido van a colapsar calles, cortes de tráfico, lo celebrarán en algún lugar… más problemas de circulación. Otro argumento que también se ha vertido en contra de la Jornada Mundial de la Juventud. Ya pero es que el futbol… ¿por qué somos tan hipócritas que para una cosa sí y para otra no?
Ver las imágenes por televisión de los altercados en Madrid ha producido una terrible tristeza y una tremenda convicción: «No somos libres, somos intolerantes, no respetamos al prójimo». Somos capaces de defender incluso con la fuerza nuestra forma de pensar, sin ni siquiera respetar al prójimo. Me gustaría ver alguna manifestación antiolimpiadas (porque también colapsará Madrid), anti feria del libro, porque hay personas a las que no les gusta leer y luego en contra de los que están en contra, aparecería la asociación de libreros que sí están a favor… ¡sería de locos!
Tristeza, profunda tristeza al ver lo ocurrido ayer, son las únicas palabras que se me ocurren para valorarlo.
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