Es una de esas frases lapidarias que deberíamos tener muy presente. Es de esas cosas que escuchas en una conversación trivial y que apuntas, porque sabes que tiene mucha miga. Por lo visto es una frase famosa atribuida a Séneca, un estoico que seguramente le ha dado muchas vueltas a esta afirmación que parece sencilla pero que no lo es. Es curioso que una afirmación tan antigua sea tan actual, puesto que vivió hace casi dos mil años.









