Cada vez que me asomo a un espacio de noticias, acabo deprimido. Parece que hay cierto afán por contar que vivimos en un mundo caótico. Es como si existiera una competencia por mostrar la noticia más macabra, la imagen más escalofriante, con la finalidad de obtener audiencia. Tras ver un programa de noticias, terminamos con la sensación de habitar en lugar terrible.
Las noticias agradables, si es que las ponen, aparecen como una anécdota en medio de un torbellino de pesimismo. Tras ver los espacios informativos me quedo como con una digestión pesada, a la que ningún fármaco puede hacer frente y haciéndome la pregunta de este titular: ¿Están las cosas tan mal?
El espacio de información se sirve con una buena dosis de corrupción política, aderezado con opiniones favorables y en contra. Le suelen añadir una buena porción guerra de todo tipo, con atentados o sin ellos, con disparos y sangre. No faltan los accidentes de tráfico que, si son con víctimas, mejor y si aparece la imagen del cadáver en el suelo cubierto con una sábana, mejor aún. Huelgas, denuncias, protestas, cualquiera de estos puede formar el siguiente plato indigesto, para una comida que nos hace creer que vivimos en un mundo insoportable.
Lo realmente preocupante de la situación es que terminamos por creer que no hay esperanza, que en casi todos los aspectos de la vida, tal como muestra el telediario, hay negatividad, rencor y odio. Sin embargo, me niego a creer que en medio de todas las noticias terribles, no hay un hilo de esperanza, de alegría y de felicidad para este mundo. Por eso, vuelvo a la cuestión del principio y me niego a creer que esté todo tan mal como dicen los noticiarios.
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