Puede parecer extraño, pero es así. Nuestra mente se adapta a los distintos momentos que vamos viviendo, de modo que lo que recordamos no es tal como creemos, no con total exactitud. Distintos estudios demuestran que nos vamos adaptando a las circunstancias y que, lo que recordamos no es exactamente como pensamos.
Seguramente las expectativas son el peor enemigo que tenemos. Creer, esperar, considerar que… el “yo creía que…” Las expectativas no son nada buenas. No significa que no tengamos que tener sueños ni aspiraciones, sino más bien esperar cosas que no podemos controlar, que se escapan a nuestras manos. Por tanto, como si fuera un partido de fútbol o de cualquier otro deporte, expectativas 0 – Realidad 9 o más, o que gane por goleada.
Las expectativas casi siempre se quedan en esperas… (más…)
Manolo es un albañil que cada mañana acude a su puesto de trabajo “por obligación”. Tiene deudas contraídas de una vida normal: coche, hipoteca, algún préstamo. Cada día no ve la hora de salir del trabajo para irse a charlar con los amigos o realizar una actividad de ocio. En otra cuadrilla está Pedro, otro albañil que parece dejarse la vida en cada bloque que pone, cada día se enfrenta a un reto distinto: alicatar de la manera más proporcional posible, poner los pisos más alineados o sentar los bloques de la manera más perfecta. Al salir se reúne con sus amigos, hace deporte o cualquier otra actividad de ocio poniendo todo su corazón en lo que practica ¿Qué hace que dos personas con idéntico trabajo, derechos, vacaciones, etc, tengan visiones tan distintas de su vida y su trabajo?
A diario mantenemos muchísimas relaciones. Esas relaciones determinan todo ¿De qué manera te relacionas con tus amigos/as? ¿Y con tus compañeros/as de trabajo? ¿Con la familia? Seguro que fácilmente podemos aportar muchos criterios de cómo nos relacionamos con otras personas. Pero la cuestión no son solo las relaciones personales, sino como nos relacionamos con todo lo que nos rodea.
Tenemos en casa la sana costumbre de celebrarlo casi todo. Digo casi porque seguramente habrá alguna cosa que se nos escapa. Cumpleaños, santos, aniversarios, el día de…, el final de trimestre, vacaciones, cualquier logro que tengamos, lo celebramos. Me di cuenta que era una buena cosa al leer una entrevista a integrante de una tribu que hablaba de la felicidad. Afirmaba eso: lo celebramos todo: Que llueve, lo celebramos, que hace sol, también. Cuando hay alimentos y cuando no lo hay. Siempre hay cosas que celebrar. Es una buena forma de invitar a la felicidad a nuestras vidas: celebrándolo todo.
Nuestra autoestima es clave para un buen desarrollo personal. En ocasiones tenemos depositada todas nuestras expectativas fuera de nosotros/as, en las circunstancias, en tener un buen trabajo, un éxito que nos llegará desde fuera, porque alguien nos da algo y no porque lo merezcamos. Mereces ser feliz. Por tanto, es más que importante creer en cada uno de nosotros/as, cree en ti.
No sé muy bien en que momento se popularizó que para tener una buena vida hay que tener mucho éxito, ser el “jefe” de una empresa maravillosa en la que se trabaja poco y se gana mucho, tener una familia increíble compuesta por personas esbeltas, atléticas, simpáticas y adorables que conducen coches últimos modelos, con vacaciones de ensueño y en una casa con jardín, barbacoa, perro y el doble de habitaciones de las personas que componen la familia. No sé en qué momento pusieron el listón tan alto, que se nos olvidó disfrutar de las cosas sencillas.
A veces nos complicamos la vida en cosas realmente sencillas. Un simple problema de tráfico, una llegada tarde, un trabajo que no sale a tiempo, un pinchazo, una avería de un electrodoméstico en casa… y tantas otras cosas, hacen que nuestro día se convierta en un desastre y nada funcione a partir de entonces.
En ocasiones, además, todas esas cosas se van sumando o alguna de ellas y nuestra vida se convierte en un desastre, la clave para solucionar esta situación es preguntarnos si de verdad es todo tan complicado, ¿es realmente tan grave eso que nos sucede?
¿Hay quien quiere ser lo peor a posta o quien quiere hacer todas las cosas mal adrede? Seguramente y, de forma unánime, la respuesta será no. A nadie le gusta hacer las cosas mal ni tampoco quiere ser su peor versión. Es por eso que generalmente todos buscamos el éxito. Entendiendo el éxito como la mejor versión de nosotros, como hacer las cosas lo mejor posible o alcanzar la mayores cotas de bienestar. Obtener todos aquellos logros que nos proponemos.
Sin embargo, en esa búsqueda, es posible que nos perdamos. Queremos y deseamos tanto ese éxito que nos perdemos en esa selva complicada de proyectos, metas, deseos, puntos de llegada. Por tanto quizá sería conveniente no perder de vista nunca la meta, pero especialmente disfrutar también del viaje.
Las culpas suelen hacer mucho daño. Tanto si culpabilizas a los demás, como si te quedas anclado en un error que cometiste, culpabilizándote, es muy probable que no puedas progresar, que te llenes de negatividad y resentimiento que hará de ti una persona bastante huraña y antipática. Por eso no estaría de más solucionar y olvidar las culpas que no sirven de nada.