Ese instante en el que parece que hay magia alrededor o ese momento en el que todo sale según lo previsto. Llegar a la meta tras un gran esfuerzo en el que consigues aquello por lo que tanto te has sacrificado. Estar en un lugar con la temperatura ideal, sopla una suave brisa de verano, con tu bebida favorita en la mano, tus seres queridos alrededor disfrutando de un plácido descanso o también terminar una jornada de trabajo apacible en la que todo salió bien, todo el mundo sonreía, al volver a casa estaban todos los semáforos en verde, dejaste el coche en tu aparcamiento favorito y al llegar a casa tu familia te espera con los brazos abiertos con tu comida preferida sobre la mesa en un ambiente de felicidad. ¿Genial, no?
Lo vemos en las películas, ahora también en las series. El personaje de turno vive en una casa de tres mil metros cuadrados, tiene una piscina olímpica en su jardín, cincuenta coches deportivos en su garaje y una familia colgate que sonríe con una dentadura perfecta todo el tiempo. Luego ya empezarán las miserias y los problemas, pero de entrada, la cosa pinta increíble: el modelo al que todos/as deberíamos aspirar.
Insisto en lo que vemos, porque de algún modo, lo que miramos se convierte en el modelo a seguir, a lo que deberíamos aspirar. Lo cual, sin duda es un engaño. Vamos a las redes sociales: el paisaje perfecto, con el encuadre perfecto se muestra en la pantalla. También sonrisas colgates, cuerpos danone y mucho más podemos ver simplemente deslizando el dedo. Además, por si fuera poco, en esas mismas redes sociales nos aconsejan —previo contrato y pago por una firma comercial— cuál es el mejor sistema para bajar de peso, que deporte hacer o que comer para estar más feliz.
¿Cuántas series, películas se muestran vidas extraordinariamente normales? ¿En cuántas aparece una persona normal que dedica cada día a realizar su trabajo, con sus problemas para llegar a fin de mes, con la educación de los hijos y los quehaceres diarios? ¡Claro! No tiene enganche. Ver una vida de lujo y maravilla, si que nos impresiona…
Pero es que la felicidad no es tener una vida perfecta, sino aprender a vivir cada día con dignidad. Aceptar los situaciones de cada día como grandes lecciones que nos enseñan el camino que hemos de recorrer. “Ser feliz es dejar vivir a la criatura que vive en cada uno de nosotros, libre, feliz y sencilla”
La vida perfecta no existe. La vida perfecta es un ideal que nos han querido imponer para atontarnos un poco y sigamos esperando el gran momento de éxito o felicidad que nunca llega… Los buenos ingredientes de la felicidad son la gratitud, el perdón, la humildad, el coraje de amar.
Y termino: estas ideas no son mías. Es un guiño al Papa Francisco a quien acabamos de despedir y de quien se ha hablado, visto y leído tanto durante esta semana. Hace tiempo hablaba de la felicidad en esos términos que puesto entre comillas y me ha inspirado para esta reflexión…
La vida es simple: es así. Muchas veces nos empeñamos en pretender que las cosas sean como queremos, como pensamos o soñamos. Sin embargo, la vida es así: perfecta en todas sus dimensiones. Este es un gran secreto para evitar frustraciones porque las algo no sale tal y como lo teníamos previsto.