Que no me pase nada, que no me pase nada malo, que no me pase nada malo… de tanto repetirlo, le pasó. Me contaron de una persona que quería evitar a toda costa el sufrimiento. Su vida era una especie de equilibrio, iba como al borde del abismo, siempre con un miedo, a veces desorbitado, para que nada le sucediera. No quería llegar tarde nunca a una cita, se miraba al espejo en muchas ocasiones para salir de casa impoluto, pero de una manera especial, tenia muchísimo miedo a un accidente de tráfico. Hasta que el accidente lo encontró. Tuvo un accidente de tráfico: ¡Con todo el cuidado que pongo! —se lamentaba— y me dan un golpe por detrás inesperado.


