Hay quien sabe mucho, que controlan en tecnología, en deporte, música… gente muy buena que se ha entrenado durante muchísimo tiempo para ser destacado en las actividades que le apasionan y realmente controlan y son buenos/as en esa actividad.

Hay quien sabe mucho, que controlan en tecnología, en deporte, música… gente muy buena que se ha entrenado durante muchísimo tiempo para ser destacado en las actividades que le apasionan y realmente controlan y son buenos/as en esa actividad.

De todos es sabido la importancia del lenguaje. No cabe ninguna duda que todo aquello que decimos y, por supuestísimo, lo que nos decimos tiene especial importancia en toda nuestra vida personal. Es curioso que, tal como si fuese un niño/a de corta edad, podemos “engañar” a nuestro cerebro para hacer cosas que nos cuestan. Una frase que he descubierto recientemente es la que da título a esta entrada: “Tengo la oportunidad de…” y añadimos lo que queremos, sustituyendo esta frase por “Tengo que, debo, ahora voy a…,” y tantas otras que nos dan la sensación de estar obligados a hacer algo.

Escuché esta frase y, como se dice ahora, me voló la cabeza. Ciertamente la felicidad está en el equilibrio, siempre lo he mantenido, los extremos nunca son buenos. Sin embargo surge la duda: ¿Podrá alguien ser feliz si le falta lo que desea? Realmente no, pero tampoco se es feliz sólo por conseguir todo lo que se desea. Entonces, si no es ni una cosa ni otra, ¿Cómo podemos ser más felices?

No sé muy bien en que momento se popularizó que para tener una buena vida hay que tener mucho éxito, ser el “jefe” de una empresa maravillosa en la que se trabaja poco y se gana mucho, tener una familia increíble compuesta por personas esbeltas, atléticas, simpáticas y adorables que conducen coches últimos modelos, con vacaciones de ensueño y en una casa con jardín, barbacoa, perro y el doble de habitaciones de las personas que componen la familia. No sé en qué momento pusieron el listón tan alto, que se nos olvidó disfrutar de las cosas sencillas.

Seguramente todo lo que estás pasando te lo mereces. Hay quien por cualquier circunstancia vive con miedo. Es como si no se mereciera aquello que tiene. Es una sensación extraña, como de excesiva humildad, como s no fuésemos dignos/as de aquello que tenemos y que nos brinda la vida. Por eso sería bueno disfrutar, saborear, paladear todo aquello que vivimos, porque lo que tenemos es lo que nos merecemos.

Lo mismo pudiera suceder desde el punto de vista negativo. Si las cosas no van bien, si no todo es tan perfecto o no sale como deseamos, es probable que algo no esté bien. No creo en la famosa ley de la atracción, pero sí que me parece lógico y normal —hay quien dirá que es el karma—, que si hacemos las cosas bien, seguramente en nuestro entorno todo irá bien. Mientras que si lo que damos es maldad, negatividad y mal rollo, es normal que la vida nos devuelva lo mismo. Es lo que merecemos.
No me gusta hablar del karma, porque hay expresiones nuestras que dicen lo mismo. Recoges lo que siembras o quien planta tormentas recoge tempestades. Sí que es posible la ley del espejo, que viene a decir más o menos lo que estos dos refranes. Aunque, obviamente me surge una duda: ¿El bien el mal, lo que está bien o no, lo justo y lo injusto no es una cuestión arbitraria? Es decir, lo que para algunos está bien, puede que para otras personas esté mal o no sea del todo correcto.
De cualquier modo prefiero pensar en lo positivo. En la extraña sensación en la que cuando las cosas nos van bien, no las disfrutamos porque parece que no nos la merecemos, cosa que no debe ser así. Lo mismo cuando estamos en un viaje o en un buen momento. Existe esa extraña de considerar que no nos lo merecemos y, a veces, esa sensación nos hace pensar que en cualquier momento de ese disfrute algo malo va a suceder, porque no nos lo merecemos. No tenemos derecho, no nos lo merecemos, cosa totalmente errónea. Sí que nos merecemos lo que tenemos, por lo que luchamos y lo que vivimos. Si que te mereces todo aquello que tienes y que vives y, desde luego, espero y deseo que sean muchas cosas buenas y positivas.
Te mereces todo aquello que reflejas. Te mereces lo que llevas en tu corazón, todo lo bueno y bello que tienes dentro. Mereces una vida justo a tu medida, a lo que haces, a lo que eres a lo que sientes. No digas que no te lo mereces, no pienses que la vida te da más de lo que debería. Te mereces lo que tienes. Te lo mereces.
Ser o no ser… esa sería la cuestión. Sin embargo, en un mundo tan digitalizado e intercomunicado, es probable que predomine el parecer, la apariencia. Hemos de mostrarnos con nuestras mejores galas, hay quien habla de la marca personal como aquello que mostramos en nuestros perfiles sociales. Pero en el fondo subyace siempre la idea ¿Qué es preferible ser o tener? ¿Qué es mejor aparentar o ser realmente una persona de éxito? ¿Qué es preferible tener mucho (dinero, riqueza, bienestar) o ser una persona rica por dentro?

Diría que somos expertos en deseos. Estamos esperando poder ir las playas, acudir nuevamente a los centros comerciales, volver a tener una vida normal. Casi siempre, deseamos aquello que no tenemos. Hay quien dice que no valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos. Pero me gusta más pensar que lo ideal es disfrutar de lo que tenemos, cuando lo tenemos. ¿Qué sentido tiene añorar lo perdido?

Cuando todo vuelva a ser normal, cuando pueda ir a comprar, cuando pueda tomarme un café en el bar, cuando… y así, podríamos hace una lista interminable de deseos. ¿Pero en realidad es necesario todo eso? Seguramente llevamos unas semanas viviendo con poco, con lo indispensable. Y no ha pasado nada. Seguimos bien. Seguimos vivos/as. Lo más importante es lo que somos y no lo que tenemos. ¿Cuándo volverá a ser como antes, si antes es pasado?
Las tradiciones orientales hablan mucho del desapego. Dejar de desear, eliminar el deseo. El deseo aseguran, es fuente de dolor. Y, en cierto modo, tiene razón, casi siempre añoramos aquello que no tenemos, cosa que a veces nos hace bastante daño cuando pensamos que “cuando tenga aquel coche ser feliz, cuando pueda comprarme el aire acondicionado estaré mejor, cuando pueda permitirme las vacaciones, seré muy feliz, cuando consiga la casa de mis sueños…” ¿pero qué pasa si esos deseos nunca llegan? ¿Nuestra vida es una calamidad? Por eso se nos propone eliminar el deseo. Sin embargo, el deseo que habría que eliminar es aquel que nos impide ser felices. ¿Tiene sentido lamentarnos porque este verano no podremos viajar? ¿A qué me conduce castigarme porque durante semanas no he podido ir a mi restaurante favorito? Obviamente no conduce a nada, simplemente al sufrimiento.
Disfrutemos por tanto de lo que tenemos, dejemos de desear aquello que nos falta, porque no tiene ningún sentido. Nos roba la felicidad y el bienestar pensar que estaré mejor cuando…, porque no es así. Comprender que nuestro mejor momento es ahora y aquí, con todo lo que tenemos y, aunque nos falten muchas cosas que tienen otros. Si tenemos un buen móvil, un buen coche, demos gracias por ello, Pero si nuestro coche nos lleva y si tenemos un dispositivo que nos permite hacer llamadas y comunicarnos, también hemos de estar agradecidos. Esperar que la facilidad llegue cuando tengamos… es caminar hacia la infelicidad y negatividad. Pero, sobre todo, es cuestión de elección ¿Eliges ser feliz con lo que tienes o deseas otras cosas?
Vivir en sociedad tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Probablemente uno de los mayores inconvenientes consiste en tener que ser como los demás esperan de nosotros/as. La vida en sociedad hace que adoptemos unas costumbres, una forma de ser que a veces no son lo que realmente queremos o pensamos. Precisamente el tener que fingir, tener que ser lo que los demás esperan, hace que nos sintamos frustrados e infelices.
La sociedad de consumo, para mantener un sistema que únicamente hace más ricos a los que ya lo son, nos hace creer que teniendo cosas, muchas cosas, seremos más felices. Así deseamos tener el móvil último modelo, la casa más confortable, una enorme televisión y, como no, un buen vehículo que sea la envidia de todos los conocidos. Sin embargo, las personas felices no tienen ningún apego a las cosas. Tienen objetos materiales, claro está, algunos muy buenos, pero simplemente los usan. El truco está, a mi poco entender, en que esos objetos materiales los usemos y nos divirtamos con ellos, pero que no sean un fin en sí mismo. (más…)