Somos expertos en dar consejos. Con mucha facilidad opinamos de los demás, decimos lo que tienen que hacer. Mi experiencia me dice que lo mejor para ti es… y así soltamos un montón de consejos gratuitos, con el intento de ayudar a otras personas, que lejos de dar una ayuda, lo que consiguen es empeorar la situación de otros.
A nadie le gusta el fracaso. Seguramente nos programan para el éxito, nunca para las decepciones. Siempre se quiere ganar, ser el primero/a, tener éxito, ser atractivo/a, que nos valoren, ser afortunados. Pero ¿qué pasa si nos va mal? ¿Estamos preparados para fracasar? Diría que no. Lo demuestra que en educación se habla, y mucho, de la resistencia al fracaso, asumir los fracasos, especialmente entre los más jóvenes quienes tienen o han tenido casi todo lo que quieren y, cuando no consiguen algo se frustran.
Hay quien dice que la verdad es dolorosa. Sin embargo, no es así. La verdad que duele es la que no aceptamos o la que no está de acuerdo con lo que cada cual piensa. Lo que sucede es que la verdad, es a veces manipulable, la hacemos “nuestra verdad”. La verdad que duele es la que no nos gusta, la que no es como nosotros esperábamos, la que es diferente a lo que queríamos. Esa verdad suele ser la que duele.
Espero que no tenga que sentarme cerca de… Espero que no me toque leer en clase, Desearía que no tocara de comer hoy… Y resulta que te toca sentarte junto a esa persona que no quieres, te mandan a leer y cuando llegas a casa tienes el plato que no te gusta. ¿Por qué nos ocurren cosas que no queremos? La respuesta es sencilla: Porque lo pensamos. Porque le damos importancia. Así de sencillo. Por tanto, para evitar lo negativo, deberíamos también borrarlo de nuestra mente.
Son estas, sí, sin duda, son las mejores vacaciones de mi vida y espero que de la tuya también ¿Por qué? Pues porque son las que estás viviendo o las que has vivido. Pensar que si hubieras ido o si habrías hecho… sería mejor, es un error que no nos permite ser felices. Por eso las de este año han sido y están siendo las mejores vacaciones de mi vida y, espero que las tuyas también.
Hay un libro, creo, titulado “El arte de no amargase la vida”. Sin embargo, pese a que seguir sus consejos, imagino será muy bueno para no ser un amargado y ser feliz, resulta que cada día nos encontramos con muchas personas amargadas, que no son felices. El diccionario, sobre los amargados/as dice que es alguien que guarda resentimientos por frustraciones o disgustos. Es decir, alguien que, por cosas ocurridas en el pasado se siente maltratada o dolida y por eso paga su frustración con todos y con todo.
¿Qué pasó con ellos? Si, ¿Qué pasó con los ganadores de Got Talent, de la Voz, de Operación Triunfo, de tu si que vales? No me refiero a los de la última edición, sino a los de hace varios concursos, ¿Qué fue de ellos? La felicidad de unos, la tristeza de otros, los minutos de gloria junto a personas de la farándula, estar en lo alto de la cima, para luego pasar al más absoluto olvido. Muy pocos, excepto los protagonistas y algunos allegados se acuerdan años después de su experiencia en un concurso televisivo, de ser importante, de la fama y todo lo demás. Es por eso, que hoy quería reflexionar sobre la importancia de ser famoso. Especialmente para uno mismo/a, y no para los demás.
A veces nos empeñamos en justificar nuestra forma de ser por lo que nos ha pasado. No digo que nuestra trayectoria vital no sea importante para configurar la persona que somos hoy. Más bien invito a liberarnos del lastre de pasado, para ser mejores en el presente. Propongo mirarnos en el espejo actual con postivismo y alegría, para romper las cadenas que nos atan a una triste existencia basada en lo que nos sucedió hace años, en la infancia o cualquier momento pasado.
Muchas personas piden respeto. A sus ideas y convicciones, respeto a sus gustos y a la forma de pensar. Quiero respeto por mis gustos y aficiones, quiero que se me respete mi libertad mi ideología, mis derechos y así, podríamos enumerar una lista interminable de solicitudes de respeto que cada cual pide para sí. Sin embargo, no ocurre lo mismo cuando se pide que se respeten las ideas contrarias, la de los otros/as. Me da la impresión que pedimos respeto con demasiada facilidad, sin ser capaces de respetar las ideas de los demás.
Dos personas mayores hablaban mientras me esperaban. Hacía tiempo que no se veían y, lógicamente se preguntaban por la familia, la salud y todas esas cosas de las que hablan los octogenarios. Al despedirse entre ellos, uno le dice al otro: No te dejes morir, no te dejes morir. Nos fuimos, hablamos de nuestras cosas y, cuando ya nos despedimos empecé a darle vueltas a aquella frase que se me queda grabada: ¿No te dejes morir?