Siempre me había sentido culpable por no tener unas metas claras, evidentes, medibles y todo lo que se pide por parte de los gurús de la motivación. No es que me considere un desastre por no tener rumbo fijo en la vida, sino que mis metas se centran en el corto plazo: hacer una previsión de la semana o del mes, tener unos objetivos o proyectos por curso o año y tratar de cumplirlos. Pero nunca necesariamente unas metas concretas tal como nos propone el mundo de la motivación.




