Escuché esta afirmación hoy mismo y me impresionó. No porque sea una frase bonita, no porque sea algo estupendo que podemos decirle a alguien como respuesta a sus dudas, sino porque alberga un aprendizaje potente que todos/as deberíamos asumir. No se trata sólo de amar más y rumiar menos. No es simplemente ser enamoradizo y pasional. No es dar importancia sólo a las emociones olvidando todo lo demás. Es algo con lo que estoy plenamente de acuerdo: Habitualmente no buscamos las respuestas en nosotros mismos, sino que queremos que todo nos venga dado de fuera. O, también, no nos escuchamos todo lo que deberíamos.
No sé muy bien en que momento se popularizó que para tener una buena vida hay que tener mucho éxito, ser el “jefe” de una empresa maravillosa en la que se trabaja poco y se gana mucho, tener una familia increíble compuesta por personas esbeltas, atléticas, simpáticas y adorables que conducen coches últimos modelos, con vacaciones de ensueño y en una casa con jardín, barbacoa, perro y el doble de habitaciones de las personas que componen la familia. No sé en qué momento pusieron el listón tan alto, que se nos olvidó disfrutar de las cosas sencillas.
Le estado dando vueltas a este planeta durante esta semana. Realmente no existe un planeta así, pero sí que se me ocurrió que algunos viven en ese espacio porque cada vez parece que hay menos solidaridad, menos perdón, menos empatía, menos consideración hacia los demás, menos cooperación y petición de ayuda. El individualismo en el que nos encontramos nos hace considerarnos autosuficientes, sin necesidad de pedir ayuda… “ya lo hago yo”, “yo lo sé y si no, busco un tutorial” Pero ¿hay algo más maravilloso que pedir ayuda? ¿Hay algunas sensación más increíble que ayudar a quien nos pide esa ayuda?
Seguramente todo lo que estás pasando te lo mereces. Hay quien por cualquier circunstancia vive con miedo. Es como si no se mereciera aquello que tiene. Es una sensación extraña, como de excesiva humildad, como s no fuésemos dignos/as de aquello que tenemos y que nos brinda la vida. Por eso sería bueno disfrutar, saborear, paladear todo aquello que vivimos, porque lo que tenemos es lo que nos merecemos.
Te lo mereces
Lo mismo pudiera suceder desde el punto de vista negativo. Si las cosas no van bien, si no todo es tan perfecto o no sale como deseamos, es probable que algo no esté bien. No creo en la famosa ley de la atracción, pero sí que me parece lógico y normal —hay quien dirá que es el karma—, que si hacemos las cosas bien, seguramente en nuestro entorno todo irá bien. Mientras que si lo que damos es maldad, negatividad y mal rollo, es normal que la vida nos devuelva lo mismo. Es lo que merecemos.
No me gusta hablar del karma, porque hay expresiones nuestras que dicen lo mismo. Recoges lo que siembras o quien planta tormentas recoge tempestades. Sí que es posible la ley del espejo, que viene a decir más o menos lo que estos dos refranes. Aunque, obviamente me surge una duda: ¿El bien el mal, lo que está bien o no, lo justo y lo injusto no es una cuestión arbitraria? Es decir, lo que para algunos está bien, puede que para otras personas esté mal o no sea del todo correcto.
De cualquier modo prefiero pensar en lo positivo. En la extraña sensación en la que cuando las cosas nos van bien, no las disfrutamos porque parece que no nos la merecemos, cosa que no debe ser así. Lo mismo cuando estamos en un viaje o en un buen momento. Existe esa extraña de considerar que no nos lo merecemos y, a veces, esa sensación nos hace pensar que en cualquier momento de ese disfrute algo malo va a suceder, porque no nos lo merecemos. No tenemos derecho, no nos lo merecemos, cosa totalmente errónea. Sí que nos merecemos lo que tenemos, por lo que luchamos y lo que vivimos. Si que te mereces todo aquello que tienes y que vives y, desde luego, espero y deseo que sean muchas cosas buenas y positivas.
Te mereces todo aquello que reflejas. Te mereces lo que llevas en tu corazón, todo lo bueno y bello que tienes dentro. Mereces una vida justo a tu medida, a lo que haces, a lo que eres a lo que sientes. No digas que no te lo mereces, no pienses que la vida te da más de lo que debería. Te mereces lo que tienes. Te lo mereces.
A veces nos complicamos la vida en cosas realmente sencillas. Un simple problema de tráfico, una llegada tarde, un trabajo que no sale a tiempo, un pinchazo, una avería de un electrodoméstico en casa… y tantas otras cosas, hacen que nuestro día se convierta en un desastre y nada funcione a partir de entonces.
En ocasiones, además, todas esas cosas se van sumando o alguna de ellas y nuestra vida se convierte en un desastre, la clave para solucionar esta situación es preguntarnos si de verdad es todo tan complicado, ¿es realmente tan grave eso que nos sucede?
Desde muchos ámbitos se nos dice que, como clave para alcanzar la felicidad, hemos de desarrollar alguna actividad de ayuda. Es decir, hacer algo por los demás, desarrollar algún voluntariado, integrarte en alguna ONG en la que ocupes tu tiempo en servicio a los demás es muy bueno para ser más feliz.
Es un hecho probado. Estoy totalmente convencido que así es. Cuando se vive para los demás, cuando se trata de ayudar a otras personas, especialmente desfavorecidas, salimos de nuestro egoísmo, de nuestro deseo de tener más, de tratar de lograr más, para servir al otro/a, lo cual produce una sensación de bienestar tremenda, porque somos una familia humana, nos necesitamos, debemos ayudarnos unos a otros y desarrollar una vida de servicio, nos llena el corazón de alegría y felicidad.
Juventud, divino tesoro, decía Rubén Darío. Algunos dicen que ha sido mejor momento de su vida, otros hacen lo posible para no envejecer nunca, por eso ¿Debemos alabar este periodo o pasar página y seguir adelante?(más…)
Una de las características de la adolescencia es la ruptura con la generación anterior. Es, quizá, una rotura justificada por la necesidad de experimentar, de comprobar por uno mismo el mundo desconocido que se despliega. Sin embargo, esa actitud en lugar de enseñarnos, se convierte en todo lo contrario, y así, dejamos de crecer.
No me refiero a crecer desde el punto de vista biológico, sino más bien al crecimiento como persona. Cuando aprendemos, crecemos. El aprendizaje nos hace más maduros, más grandes interiormente, pero hay personas que se cierran a ese crecimiento, de un modo especial cuando se responde, aunque no sea de manera explícita, «ya eso me lo sé» o ¿que me vas a enseñar tu, si eres antiguo? (más…)
Siempre me ha preocupado hacerme mayor. No es que me considere un niño, ni tampoco tengo nostalgia por regresar a la infancia. Lo que ocurre es que cuando nos hacemos mayores, en cierto modo, amordazamos a ese niño que llevamos dentro, actuamos para contentar a los otros, hacemos lo políticamente correcto, fingimos, mentimos… con lo que, ese chiquillo que todos llevamos dentro, se va marchitando, cerrándonos al humor, a la intuición, la alegría, la inocencia, dando paso a “mayores aburridos”. (más…)
Nunca me he planteado ser eternamente joven. Tampoco añoro la edad que muchos desean tener siempre, los 15 años. Tampoco trato de evitar la edad que tengo. Sin embargo, hay personas que envejecen más rápido que otras, porque el envejecimiento no es apariencia física, sino que el envejecimiento más grave es el mental. No tenemos porque cambiar esencialmente cuando pasan los años, debemos madurar, pero no posicionarnos en otro lugar completamente distinto al que ocupábamos cuando teníamos veinte años menos. (más…)