Si lo que quieres es vivir cien años… como dice la canción de Sabina, lo mejor es cultivar el optimismo. Y no es broma porque la revista “Journal of the American Geriatrics Society” ha publicado un estudio en el que deja patente que el optimismo es una variable a tener muy en cuenta si se quiere tener una vida longeva. De modo que sale a debate el tan traído y llevado tema del optimismo y la actitud de vida como forma de vida y, en este caso relacionándola con la salud.
Seguramente todo lo que estás pasando te lo mereces. Hay quien por cualquier circunstancia vive con miedo. Es como si no se mereciera aquello que tiene. Es una sensación extraña, como de excesiva humildad, como s no fuésemos dignos/as de aquello que tenemos y que nos brinda la vida. Por eso sería bueno disfrutar, saborear, paladear todo aquello que vivimos, porque lo que tenemos es lo que nos merecemos.
Te lo mereces
Lo mismo pudiera suceder desde el punto de vista negativo. Si las cosas no van bien, si no todo es tan perfecto o no sale como deseamos, es probable que algo no esté bien. No creo en la famosa ley de la atracción, pero sí que me parece lógico y normal —hay quien dirá que es el karma—, que si hacemos las cosas bien, seguramente en nuestro entorno todo irá bien. Mientras que si lo que damos es maldad, negatividad y mal rollo, es normal que la vida nos devuelva lo mismo. Es lo que merecemos.
No me gusta hablar del karma, porque hay expresiones nuestras que dicen lo mismo. Recoges lo que siembras o quien planta tormentas recoge tempestades. Sí que es posible la ley del espejo, que viene a decir más o menos lo que estos dos refranes. Aunque, obviamente me surge una duda: ¿El bien el mal, lo que está bien o no, lo justo y lo injusto no es una cuestión arbitraria? Es decir, lo que para algunos está bien, puede que para otras personas esté mal o no sea del todo correcto.
De cualquier modo prefiero pensar en lo positivo. En la extraña sensación en la que cuando las cosas nos van bien, no las disfrutamos porque parece que no nos la merecemos, cosa que no debe ser así. Lo mismo cuando estamos en un viaje o en un buen momento. Existe esa extraña de considerar que no nos lo merecemos y, a veces, esa sensación nos hace pensar que en cualquier momento de ese disfrute algo malo va a suceder, porque no nos lo merecemos. No tenemos derecho, no nos lo merecemos, cosa totalmente errónea. Sí que nos merecemos lo que tenemos, por lo que luchamos y lo que vivimos. Si que te mereces todo aquello que tienes y que vives y, desde luego, espero y deseo que sean muchas cosas buenas y positivas.
Te mereces todo aquello que reflejas. Te mereces lo que llevas en tu corazón, todo lo bueno y bello que tienes dentro. Mereces una vida justo a tu medida, a lo que haces, a lo que eres a lo que sientes. No digas que no te lo mereces, no pienses que la vida te da más de lo que debería. Te mereces lo que tienes. Te lo mereces.
Estamos demasiado enganchados a la tecnología. Cada día pasamos más de dos horas conectados a algún dispositivo digital, lo cual es mucho tiempo. Es probable que la mayor parte de nuestro tiempo de ocio lo invirtamos en estar conectados al móvil. Sin embargo, lejos de proporcionarnos felicidad, el móvil nos hace más dependientes. No propongo que renunciemos a los beneficios de esos dispositivos, sino que no dejemos de hacer otras cosas para estar conectados.
Desconectar algún tiempo al día nos hace más felices (más…)
Ser o no ser… esa sería la cuestión. Sin embargo, en un mundo tan digitalizado e intercomunicado, es probable que predomine el parecer, la apariencia. Hemos de mostrarnos con nuestras mejores galas, hay quien habla de la marca personal como aquello que mostramos en nuestros perfiles sociales. Pero en el fondo subyace siempre la idea ¿Qué es preferible ser o tener? ¿Qué es mejor aparentar o ser realmente una persona de éxito? ¿Qué es preferible tener mucho (dinero, riqueza, bienestar) o ser una persona rica por dentro?
A nadie, imagino le gusta sentirse rechazado/a. Todos queremos que nos valoren, que nos tengan en estima y consideración. Así, cuando notamos alguna imperfección, tendemos a disimularla o corregirla de algún modo. Somos seres sociales y, por tanto aquello que nos define y nos da una identidad personal es lo que nos viene devuelta de los demás. Nos gusta gustar. De hecho, nuestra vida social, nuestros gustos, lo que hacemos o dejamos de hacer viene enmarcado, en general por la retroalimentación de nuestra vida.
Seguimos encerrados y abundan mensajes de personas que echan de menos estar en la playa, salir a hacer deporte, acudir a un bar o cafetería. ¿Las frases del estilo “cuánto daría por...” en que nos ayudan, sirven de algo? Seguramente no, por tanto, sería muy bueno dejar de pensar en lo que no tenemos y centrarnos en aquellas cosas que sí poseemos.
Dicen que cada vez los niños son más precoces. Aprenden a caminar antes, hablan antes y son estimulados porque de esa manera podrán progresar más. Sin embargo, por la ausencia de educación promovemos que los niños abandonen precozmente la infancia, obligándoles a madurar antes, por lo que le robamos uno de los momentos más importantes de su vida la infancia y su inocencia.
Dicen los entendidos que uno de los motivos por los que los niños están perdiendo su infancia es por el uso de los medios sociales. Generalmente, las familias desconocen el uso de las redes, por lo que no pueden educar en ese aspecto. Lo mismo ocurre en el ámbito educativo, donde los profesores están desbordados ante un continente efímero que no controlan y, en el caso de hablar de estos temas, lo hacen para advertir de los peligros que supone la red.
Con todo, los chicos y chicas entran en un mundo desconocido sin miedo, porque todo el mundo está en él y pierden la infancia porque las redes sociales son muy exigentes y obligan a subir varios escalones de una vez sin posibilidad de reflexionar lo que hacen. Se lanzan a un mundo extraño en el que no hay reglas dejando de lado los juegos que hasta hacen unos días realizaban inocentemente. Cambian la muñeca por un pose seductor enseñando más de lo que se debe. Dejan la pelota para mostrar un pectoral o un abdomen logrado a base de no tomar el alimento suficiente. Y así se quedan sin infancia.
En esta sociedad nos quejamos de los niños sin infancia a causa del trabajo infantil y otros males en determinados países, pero no miramos hacia nuestra sociedad «avanzada» donde niños y niñas dejan de serlo para mostrarse en medios sociales que nadie controla porque a las veinticuatro horas ya ha desaparecido todo sin dejar rastro. Con un dispositivo que llevaban pidiendo años, se lanzan a un océano desconocido robándose la vida para mostrarse de una forma que no son ni les pertenece aún: ser adultos.
Dejemos que los niños sean niños. Pidamos a los niños que sean niños
Son varios los artículos que leído recientemente sobre lo que los expertos han denominado ya como «fatiga social» o descenso del tiempo que pasamos en nuestros perfiles sociales. Es decir, por primera vez desciende de manera importante el uso de las redes sociales globalmente. (más…)
La sociedad de consumo nos enseña erróneamente que teniendo la última tecnología, el último móvil, casas perfectamente equipadas, somos más felices. Sin embargo, nada de eso nos da la felicidad. (más…)