A veces tenemos muy malas costumbres. Hay quien no sabe comportarse apropiadamente en el lugar correspondiente. No se debe ir en bañador a la ópera ni a la playa en esmoquin. Hay normas de convivencia mayoritariamente aceptadas que casi todo el mundo cumple. En otro lado hay quienes son acusados de irreverentes por no aceptar esas normas porque desafían las normas o la autoridad.

En cierto modo, la irreverencia debería ser más aceptada que la mala costumbre. Porque no hay peor cosa que acostumbrarnos. La costumbre podría ser como el óxido de las cosas. Esa herrumbre que se va pegando y al final termina estropeándolo todo. Además, la costumbre comienza, como tantas cosas, sin darnos cuenta, sin percibir nada, una pequeña mancha y luego, cuando queremos tratarla, ya es demasiado tarde.
Por tanto, la cosa será no acostumbrarnos. No permitir que ese tedio se instale en cualquier parte de nuestra vida. El mejor antídoto, el mejor anticorrosivo para la costumbre es la conciencia. Se trata de darnos cuenta de que nos hemos ido habituando a una situación. Para ello es totalmente necesario cuestionar aquello que hacemos. Someter esa costumbre a preguntas como ¿Siempre ha sido así? ¿Por qué hago esto? ¿Para qué lo hago, qué quiero lograr? ¿Es normal?
¿Por qué no nos damos cuenta de estar inmersos en una mala costumbre? Porque nos sucede como el cuento de la rana. Dicen que si se introduce una rana en una olla caliente, salta inmediatamente poniéndose a salvo. Sin embargo, si vamos calentando el agua poco a poco, el animal se acostumbra a aquella sensación calentita y se deja morir achicharrado. Las preguntas, cuestionar lo que hacemos, son la forma de saltar del agua, el caer en la cuenta de que el agua está demasiado caliente para nosotros y salir de allí. Por eso, es clave preguntarnos, cuestionarnos, sobre las cosas que hacemos repetidamente.
Un mal hábito no empieza de repente. Nadie comienza a tomar drogas o alcohol de un día para otro. Nadie llega un buen día y se pone a correr una maratón. Son todos pequeños hábitos que vamos incorporando a nuestra vida para bien o para mal, poco a poco. Por eso es muy necesario, primero, estar atentos/as a nuestra conciencia, a nuestra intuición, que es la primera que nos avisará o pondrá en duda cualquier cosa que estemos haciendo. A continuación, deben venir las preguntas: ¿está bien? ¿Siempre ha sido así? ¿Hay otra forma de hacerlo? ¿Por qué lo hago? ¿Para qué?
El bienestar viene, entre otras tantas cosas, por estar satisfechos en nuestra vida. La mejor manera de lograrlo es no acostumbrándonos. Abandonemos el “siempre ha sido así” para añadir nuevos cambios en nuestra vida que nos hagan más felices. El tedio y el aburrimiento pueden hacernos más infelices. Por tanto, cuestionemos las costumbres y busquemos, siempre que podamos, nuevas formas de hacer lo mismo.