Alegrarnos por las cosas sencillas

No sé muy bien en que momento se popularizó que para tener una buena vida hay que tener mucho éxito, ser el “jefe” de una empresa maravillosa en la que se trabaja poco y se gana mucho, tener una familia increíble compuesta por personas esbeltas, atléticas, simpáticas y adorables que conducen coches últimos modelos, con vacaciones de ensueño y en una casa con jardín, barbacoa, perro y el doble de habitaciones de las personas que componen la familia. No sé en qué momento pusieron el listón tan alto, que se nos olvidó disfrutar de las cosas sencillas.

¿La casa de los sueños?

Es muy probable que ese modelo de vida que acabo de describir lo encontremos muy frecuentemente en muchas de las películas y series que vemos, sin embargo, nada tiene que ver con la realidad. En la práctica vivimos en hogares más o menos confortables llenos de cosas sencillas y maravillosas que a veces nos olvidamos disfrutar, porque anhelamos ese gran modelo que nos han propuesto como “ideal” y que no es más que una utopía.

No se trata de pensar que “mal de muchos, consuelo de tontos”, sino de recrearnos en tantas cosas increíbles que tenemos. Se trata de agradecer las maravillas de cada día, que son muchas. Veamos algunas:

Disponer de agua caliente y ducha: Parece una tontería, pero si la ducha no funcionara bien, si el termo eléctrico o la caldera no diera la presión suficiente y tuviéramos que tomar una ducha fría —aunque hay a quién le guste—, es probable que nos sintiéramos desdichados.

Tomamos un desayuno: bien en casa, en clase o en el trabajo ¿Cuántas personas no disponen de los alimentos básicos para nutrirse? ¿Cuántos niños mueren de hambre en el mundo? Sin embargo, tenemos alimentos. Tantos alimentos que en ocasiones los desperdiciamos o los tiramos a la basura porque no queremos comer más ¡Que suerte tener con que alimentarnos!

Disponemos de trabajo o escuela para poder estudiar. Los mayores tienen una pensión con la que poder costear sus necesidades básicas (aunque no siempre es así), pero en la mayoría de los casos tenemos un trabajo que nos da dignidad, capacidad de hacer cosas por los demás o una escuela donde nuestros hijos o nosotros podemos estudiar y aprender.

Tenemos un lugar de descanso y refugio, donde no pasamos mucho frío, donde dormir y ver la televisión o leer, escuchar música o cualquier actividad que nos interese ¡Cuántas personas no tienen vivienda o viven en un lugar precario!

No se trata de resignarnos a dejar de luchar por nuestros sueños. Si queremos una casa grande con piscina y jardín, luchemos por conseguirla, pero no dejemos de disfrutar del maravilloso aroma del café recién hecho por la mañana, de la ducha y el calor del hogar. No nos ceguemos al presente con una realidad que nos han “vendido” como “ideal”, cuando sólo es un espejismo al alcance de unos pocos. Demos gracias por las cosas sencillas… me viene a la mente —aunque me alargue un poco más en esta entrada— aquel relato de la maestra que pide a sus alumnos/as que dibujen las siete maravillas del mundo. Una niña no sabía que dibujar y no hizo nada, cuando sus compañeros/as presentaron sus trabajos con esas grandes construcciones, se atrevió a levantarse y decir: para mi las maravillas son: poder ver, poder oír, poder sentir, reír, andar… La maestra y sus compañeros/as de clase se quedaron sin poder decir nada. El silencio se podía cortar porque a veces, las grandes construcciones y artificios nos hacen olvidarnos de lo básico, de lo sencillo, de lo más constitutivo de la persona… vivir simplemente.

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